lunes, 14 de septiembre de 2015

Una palabra tuya…

Variopinta, por Federico Coutaz

Afila la cuchilla y piensa en cada una de las personas que va a matar. En realidad, más que pensar, ella ve imágenes, como fotos, de cada uno de ellos muertos en sus respectivas camas.
Hace más de dos horas que amaneció y ya el calor promete un día infernal. Ella no siente calor pero sí infierno. Mucho.
Desde la mañana anterior está tomando pastillas y vino en cajita. Desde la mañana anterior hizo compras, cocinó, lavó, planchó, barrió, pasó el trapo y atendió el kiosco.
Afila la cuchilla y piensa en las personas que va a matar: su marido, sus cinco hijos y la novia de uno de ellos. Todos duermen. Todos sueñan.
Oscar, el marido, sueña un sueño recurrente de una canoa que pasa sola por el río, él está en la orilla pescando y la ve pasar. Siente una mezcla rara de emoción y terror. Después, la caña que sostiene empieza a tirar y no puede soltarla, lo tira al agua, en el agua ve muchos peces que lo miran, peces de todos los colores y tamaños, después ve una puerta y entra, al pasar la puerta se encuentra en una estación de subte (una vez cuando era chico estuvo en Buenos Aires y anduvo en subte) pero el tren funciona más bien como una montaña rusa y en su imposible recorrido él reconoce los lugares aunque no recuerda de ónde ni de cuándo.
Nicolás, el hijo mayor, sueña que se encuentra con su abuela, muerta hace más de 10 año, ella sonríe, él la abraza y llora.
Karina, la novia de Nicolás, sueña que está perdida en una calle desierta, ella camina y transpira porque hace mucho calor y es mediodía, ella tiene sed y no sabe dónde está ni por qué está ahí, camina siguiendo la calle, que es más bien una ruta porque a los costados sólo hay campo, ninguna casa. Ve venir un auto, caminó mucho tiempo y no pasó, hasta ese momento, ningún auto, ni moto, ni persona caminando. El auto se detiene, ella sube. El que maneja es  Enrique, su primo, pero no tiene 19 años como debería tener (y como tiene ella) sino 30 o 40. Cuando ella sube, él le da un beso en la boca y arranca a toda velocidad, mira la ruta, no habla, ella siente unas cosquillas en la panza, como cuando era chiquita y su hermana la hamacaba muy fuerte.
Lucas sueña que va a  la escuela y al llegar descubre que está descalzo, está sentado y la maestra escribe en el pizarrón, nadie se da cuenta. Él intenta inútilmente ocultar sus pies.
Afila la cuchilla y piensa en Dios, se pregunta si de verdad existe, se pregunta si valió la pena rezar un rosario cada día en vez de dormir la siesta como su cuerpo rogaba. Se pregunta si el infierno existe, si es lo que le va a tocar, se pregunta si va a ser peor que lo que ya conoce. Escucha a su marido roncar, afila con más fuerza, se lastima una mano, se lava, agarra la cuchilla, vuelve a afilarla y vuelve a pensar.
Jonatan sueña que está en el piletín que tienen en el patio de la casa, su papá lo mira por la ventana, de pronto descubre que su papá tiene un gesto raro y casi al mismo tiempo ve que tiene los ojos rojos, siente  miedo, sale del piletín, sube por el asador y salta el tapial, su papá lo persigue caminando como un zombie.
Afila la cuchilla y concluye que, si Dios existe no va a permitir que ella haga lo que está a punto de hacer. Recuerda el mensaje que vio en el celular de su marido, recuerda la bolsita que encontró en el pantalón de Nicolás, recuerda sus pezones lastimados de amamantar, recuerda otras cosas más viejas que no tienen imagen ni palabra, sólo un fuerte dolor en el vientre. Afila la cuchilla y empieza a rezar.
En su sueño, Alan recuerda que tiene poder para mover objetos sin tocarlos, mira una taza que está en la mesa y empieza a hacer fuerza para moverla, la mira fijo, trata de moverla con la mirada, sabe que puede hacerlo. El esfuerzo es muy grande, se siente al límite de su cuerpo. La taza se desliza, pesada y lenta, hasta caer y romperse. Después sale a la calle y empieza a hacer fuerzas para elevarse, mucha fuerza, lo logra, supera la altura del techo y siente las energías renovadas, puede volar.
Valentín sueña con la tortuga violeta, como tantas otras veces. La tortuga es grande y violeta, él está sentado al lado, acaricia su caparazón, no sabe si le da miedo o no.
Ella no alcanza a soñar y siente que la llaman, abre los ojos, tres de sus hijos la están rodeando, todavía tiene la cuchilla en la mano. Va al baño, se lava la cara y agradece a Dios. Vuelve a la cocina y hace el mate cocido para el desayuno.

Publicada en Pausa #161, miércoles 9 de septiembre de 2015
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Foto: Héctor Bruschini

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