lunes, 18 de noviembre de 2013

El cosito ese...

Por Licenciado Ramiro

Me he embarcado en el desafío de ponerme a construir una casa. Bueno, “aramos” dijo el mosquito. En verdad, he contratado gente para que construya mi futura casa. Por supuesto, no me voy a poner quejoso por la posibilidad (el privilegio) que tengo de poder invertir en ello. Pero sí me voy a poner quejoso por otras cuestiones relacionadas a la construcción, pa’ variar.
El albañil a cargo de la obra es un genio haciendo lo suyo. No hay nada para reprocharle: responsable, prolijo, honesto, detallista (en exceso) y cuida el mango como si fuera suyo propio. Como si fuera poco, ni él ni ninguno de sus peones le dicen algo a las mujeres que pasan cerca. Pero como siempre hay un pero (si no lo hubiera sería aburrido), además de sus virtudes tiene varios de los vicios inmanente al gremio. Y sobre eso, pues, quiero hoy escribir.
Lo primero y más obvio es su machismo. No es un machismo misógino ni violento, no. Cómo decirlo… él cree y está convencido de que quien toma las decisiones y a quien es necesario explicarle lo que se hace y no se hace es a mí y no a mi pareja porque, ¿quién es el macho alfa, el jefe de la casa? ¿Quién es el que manda, eh? Él cree que yo, pobre. Y entonces siempre que hay que tomar una decisión o siempre que va a hacer algo es capaz de pasarle por al lado a mi novia ignorándola para venir a decirme a mí lo que va a hacer o necesita. En el último de los casos, si no me encuentra ahí sí le habla a mi novia, pero para preguntarle dónde estoy yo y cuándo voy a aparecer. Eso sí, para preguntarle si ya compramos lo que nos pidió sí la agarra a ella, porque, claro, ¿quién hace los mandados? La mujer, obvio… es ella la “mandada” a hacer las compras.
Pero tranquilas, mis queridas lectoras feministas. Créanme que es una ventaja este tipo de machismo. Nadie las jode y, por más polémico que suene, es un machismo que me discrimina a mí más que a mi novia. Nuestro albañil está convencido de que por ser yo varón y “el hombre de la casa” es lógico que sé sobre la construcción y entonces me tiene una hora explicándome con detalle qué, por qué, cómo y con qué hizo lo que hizo; cuando yo, al minuto de su relato, ya no sé si me habla de golf o de aspectos de la construcción. O sea, tengo la obligación de saber lo que me dice porque soy macho, claro. Y mientras tanto yo sigo tratando de descubrir qué es y dónde está la famosa “zabaleta”, que se supone que es algo que hizo con “cerecita” y no un conocido hotel céntrico de Santa Fe.
Como verán, con mi albañil es una de cal y una de arena. Y hablando de cal, de arena y de materiales para la construcción varios, acá va una consecuencia de su machismo. Para no andar perdiendo el tiempo y para que nosotros compremos donde queramos y más nos convenga (esta es la de cal) nuestro querido albañil me dice qué materiales necesita y me manda a comprarlos. Yo no entiendo lo que me pide. Es más, ni siquiera le entiendo la letra de lo que escribe. Pero bueno, que en los negocios se arreglen como el farmacéutico se arregla con la caligrafía del médico. Hasta ahí no había problemas...
Pero sucede que todo, pero todo (y toda también por las dudas) lo que necesito comprarle al albañil viene de diferentes tamaños, para diferentes aplicaciones, de diferente material, curvado o recto, liso o rugoso, grueso, mediano o fino, de una marca o de otra… Le pido por favor no haga la pregunta obvia: ¡claro que yo no sé eso hasta que el del negocio me pregunta cuál de todos quiero! Así que me guío por el precio, por intuición propia, sentido común y compro el resultado de todos esos criterios. Sí, no hay que ser mago para adivinar que el coso ese no era el que el albañil necesitaba, sino que era el otro coso que me habían mostrado después. Y encima el “este no es” viene acompañado de un “ah, pero yo pensé que sabías lo que tenías que buscar”. Lo cual significa volver al negocio, que se me rían en la cara, perder dos horas de laburo u ocio, y todo por un simple prejuicio machista.
Por eso ¿queridos? lectores, si van a empezar a construir, antes de hacer cualquier cosa cómprense o bajen de Internet todo catálogo existente sobre cualquier material de la construcción; siempre, pero siempre, el coso que usted anda buscando va a venir con un coso extra que además viene en tres tamaños: chico (que es más o menos así); mediano (así, aproximadamente) y grande (que es como el chico pero tres o cuatro veces más); y puede ser de plástico o metálico, y depende para qué lo quieras. A menos claro, está, que te dé lo mismo y entonces ver crecer tu hogar se siente como un coso acá adentro que no te puedo explicar.

Publicada en Pausa #125, miércoles 6 de noviembre de 2013

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