viernes, 20 de junio de 2014

Selva Almada: el contorno de lo real

La escritora del momento estuvo en el Festival de Literatura de Santa Fe: una visión sobre su narrativa y su próxima novela.

Por Pablo Cruz

Selva Almada (Entre Ríos, 1973) publicó este año Chicas muertas, un relato de no-ficción que rescata las historias de tres muchachas asesinadas en la década del 80. En marzo fue parte de la delegación de escritores argentinos invitados al Salón del Libro de París, y el pasado fin de semana estuvo en la ciudad invitada al 1º Festival de Literatura Santa Fe (Felisa). Leyó sus textos, y participó de la mesa “Ficción /No ficción: territorios en conflicto”.

UNO/Día
A pocas cuadras de la laguna Setúbal se encuentra el edificio de la Belgrano, la vieja estación de ferrocarriles devenida en salón de eventos, que fuera conocida también como La Francesa. Es invierno, y cuando las nubes dejan paso al sol, una suave brisa llega desde la laguna recordando el sabor del verano. Pero hace frío. En el interior del edificio todo está dispuesto para que inicie el festival. Tímidamente el público se acerca y va ocupando las sillas. De espaldas a un gran ventanal hay una pantalla donde se proyecta un video de apertura, delante de la pantalla una mesa, dos veladores y tres vasos con agua. Iosi Havilio, Julián López y Selva Almada leerán sus textos. Con cierta incomodidad comienza Julián,  los asistentes no terminan de encontrar su sitio, las puertas se abren y se cierran, hay que ajustar el volumen del sonido. Luego se impone Iosi. Su voz avanza sobre las primeras filas como un uppercut  de derecha a cualquier nueva distracción que amenace a la mesa. Cuando le toca el turno a Selva la atención ya está ganada. Con calma, dando un respiro a cada palabra, lee un adelanto de su próxima novela. El texto está ambientado en el litoral, un grupo de amigos sale de pesca. Uno de los personajes lleva un nombre cargado de sonidos, que sabe también a verano: Enero Rey. Lee Selva: “A veces, Enero Rey sueña con el Ahogado. Él está nadando en el río, cuando siente que un remolino lo chupa hacia el fondo de barro y arena. Lucha contra esa fuerza centrífuga. Lucha tanto en sueños que al otro día, en la vigilia, le duele todo el cuerpo. Entonces, en el sueño, resulta que el remolino, lo que él cree es un remolino, es, en realidad, el Ahogado que lo tira de las patas”. Hace muchos años que Selva escribe, pero su reconocimiento masivo llegó con la publicación del El viento que arrasa (2012). La vuelta sobre lo que Selva llama “el interior salvaje”, ofrecía una nueva frontera para el asombro. ¿De dónde salió este libro sorprendente? se preguntaba Beatriz Sarlo en una reseña elogiosa. A partir de entonces la crítica literaria no le perdería el rastro. Los primeros comentarios laudatorios, sin embargo, se reservaban el derecho a  suponer que  El viento… era un golpe afortunado pero aislado. La aparición de Ladrilleros en 2013 y Chicas Muertas echaron por tierra esa hipótesis. A partir de allí también suelen reconocérsele a Almada sus publicaciones anteriores: Una chica de provincia (2007),  Niños (2005) y Mal de Muñecas (2003)*.  Selva escribía sobre todo cuentos y relatos, pero es en las novelas donde se percibe la maduración de un lenguaje y un tono propio. “Lo que veo puntualmente como una bisagra hacia las dos novelas es un relato largo que se llama “Intemec”. Niños y Una chica de provincia fueron como relatos autobiográficos, estuve trabajando mucho tiempo sobre eso, hasta que me harté un poco. “Intemec” fue como volver a escribir ficción. Es el primer relato largo y quizá podría haber sido una novela, pero entonces no me animé”.

DOS/Noche
La convocatoria es una esquina del barrio Roma. El programa anuncia recitales literarios. Tomo por Rioja hasta doblar en Santiago de  Chile. Hace mucho tiempo que no camino por estas calles. La cuadra me resulta familiar.  A veces, con la ciudad pasa eso, hay lugares que dejamos de frecuentar, y cuando volvemos, más que un lugar caminamos por otro tiempo. En las novelas de Selva pasa algo parecido, tanto en El viento que arrasa como en Ladrilleros los hechos transcurren hace veinte años o más, en la asfixia provocada por los 90. Veo gente en la vereda, tomando porrón frente a un portón de chapa. Entro. Más gente, algunos de pie y otros sentados. Un entrepiso ocupa la mitad del local. Al fondo un reflector blanco pega de plano sobre la cara de un hombre que lee encorvado para hacerse sombra. La barra está a la izquierda. Más allá está la escalera caracol que lleva al entrepiso y apoyada en el marco de una puerta que da a un patio, fumando, la veo a Selva, rodeada de amigos. Nos saludamos. Miro las caras, el lugar, y me acuerdo de Skorpio, un bar que estaba sobre 25 de mayo, donde todo lo consumible valía un peso. Ahora estamos en el patio, un espacio minúsculo que antecede al baño, apoyados en la pared o sentados sobre los cajones de cerveza. El cielo es gris, húmedo. Adentro alguien canta acompañado de una guitarra. Selva dice que le gustó escribir Chicas Muertas porque eso la hizo transitar un desafío nuevo, no quedarse en lo mismo. “Todavía siento que el universo de la provincia me interesa más que el universo urbano, pero eso no quiere decir que alguna vez escriba alguna cosa distinta, más urbana; ojalá, porque la idea es escribir cosas distintas, no siempre lo mismo”. Quedamos en vernos al día siguiente. Salgo.

TRES/Día
Selva se aloja en la casa de unos amigos, en Colastiné. A eso de las once la paso a buscar. Es un día delicioso donde da gusto estar al sol. Salimos a la ruta y nos dirigimos al pueblo. Nos metemos por la calle principal y seguimos hasta la plaza. Doblamos en la esquina del cajero automático para buscar la playita de Rincón. Cuando trepamos al terraplén podemos ver el Ubajay, y más allá toda la isla, teñida de gris y marrón, los colores del invierno.  Hablamos de  Chicas Muertas.
—Me llevó mucho tiempo decidirme a escribirlo, porque pensaba que tenía que ponerme una especie de traje de cronista o periodista, y que ese traje no me quedaba. Finalmente lo resolví escribiendo como si se tratase de literatura. Había reglas que tenía que respetar que tienen que ver con la objetividad, con respetar ciertos datos. Pero después fue como escribir una ficción. Cuando entendí eso el libro se me armó en la cabeza.
—De hecho, hay un personaje, el de “la señora” que brinda datos desde lo metafísico. ¿Cómo surgió eso?
—Lo tomé de una crónica buenísima que se llama “El empampado Riquelme”. Aparece un esqueleto en el desierto de Atacama, con sus documentos, sus ropas. Y ese esqueleto era de un tipo que se había perdido cuando viajaba en tren al bautismo de su nieto. Atravesó Chile y nunca llegó al bautismo. Y lo buscaron bastante tibiamente.
—¿Lo dieron por perdido?
—Y se ve que pensaron que había aprovechado la excusa del bautismo para escaparse. Pero resulta que estaba muerto. Francisco Mouat, el cronista, tiene obsesión con la gente que se pierde voluntariamente. Empezó a investigar. Deduce que en un momento se bajó del tren y se perdió en el desierto. Mouat entrevistó a los parientes y consultó a un grafólogo. Y el grafólogo sacó sus conclusiones. Luego consulta a una psicóloga que reconstruye el perfil psicológico de este personaje, y el libro cierra con una entrevista a una vidente, una médium que termina de revelar lo que pasó. Cuando leí eso me encantó y me pareció fascinante y atrevido, porque justamente es antiperiodístico.
—¿Y consultaste una vidente?
—No es vidente. Silvia tira las cartas y tiene como otras percepciones, no sé cómo definirla. Yo soy muy escéptica con esas cosas, pero estuvo muy bueno, porque además de algunas devoluciones que me hacía, que no incluí, hablar con ella me ayudó a relacionar los casos. Había algunos patrones familiares, el rol de las madres, de los hermanos, devoluciones que me ayudaron a pensar las relaciones.
—Y en lo narrativo, ¿cómo funcionaba?
—No pensaba incluirla como personaje, pensaba usar esas devoluciones como parte de un archivo más amplio, pero para mi sorpresa mi editora me alentó a incluirla como personaje.
—¿Le pediste permiso a la Señora?
—Sí, le conté y hasta me permitió usar su nombre verdadero, pero coincidía con el de otro personaje, y eso generaba confusión, entonces estuvimos dándole vuelta a la cosa, y fuimos pensando otros nombres. El que más le gustó fue “la Señora” y así quedó. Le daba un halo esotérico pero de respeto.
—Eso me recuerda un cuento tuyo, donde el personaje sale a correr  y muere en la playa pero vuelve etéreo a la casa. Venís trabajando mucho desde el plano de lo real, pero tanto en Ladrilleros, como en Chicas muertas, le incorporás un aire metafísico a relatos con fuerte asidero en el realismo, como si te atravesara un halo místico.
—En mí, particularmente no me atraviesa, pero me parece que esas cosas están en el plano de lo real, que son una marca muy nuestra. No es lo fantástico, es lo desconocido. Es esto de cortar las tormentas con sal como hace mi vieja, o curar las eccemas haciendo con el rocío que cae en una hoja una cruz con el cuchillo; cosas que eran muy cotidianas en mi infancia. Yo no lo veo como fantástico, lo veo como si la realidad tuviese doble fondo y eso a veces sube a la superficie y aparece y después se vuelve a guardar. Lo veo como parte de lo real, como una mística muy naturalizada que está ahí, pequeñas hechicerías, con las que la gente convive, se va al curandero a que te cure lo que el médico no alcanza. Eso es parte del realismo con el que trabajo.
Un caballo trepa el terraplén, lo siguen otros, van a pastar a la orilla, comen las hojas tiernas de los camalotes. “En la novela que estoy escribiendo quiero que haya mayor extrañamiento. Hay una parte, cuando están yendo al baile, donde Enero Rey está en pedo y los otros se esconden y le hacen una broma pero a Enero se le aparece personificada la isla”. Se escuchan ruidos debajo del terraplén. Selva me pregunta que son. Tucu tucus –le respondo–, un ratón silvestre que hace túneles en la arena. Me gusta, dice Selva.

* En 2005 Analía Gerbaudo (UNL) rescató el carácter provocativo de Mal de Muñecas en su ponencia “Sobre el poder, el cuerpo, la muerte y la literatura: reflexiones sobre un género desde textos del género”.

Publicada en Pausa #135, miércoles 11 de junio de 2014
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1 comentario:

Juan rohit dijo...

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