lunes, 14 de septiembre de 2015

La sonámbula

La calle, por José Luis Pagés

Las voces eran apenas perceptibles, tanto que a veces sólo escuchaba un murmullo insustancial y entonces aguardaba en silencio un nuevo relato. Desde la calle a la hora del crepúsculo se pegaba a la pared y aguzaba los sentidos para no perder la ilación de las palabras.
El Indio y Osvaldo contenían el aliento mientras Felipe, con la oreja puesta en la persiana, tomaba nota en su libreta de tapas negras. Aquel verano se reunían bajo los plátanos de la calle Maipú y con las primeras sombras de la noche se acercaban al viejo caserón de La Sonámbula.
Osvaldo decía haberla visto una que otra vez leyendo cartas de amor en un banco de la plaza Pueyrredón. En el vecindario se escuchaba decir que vivía sola, pero eso quedó descartado cuando el Indio creyó escuchar la voz amenazante de un hombre a la hora de la siesta.
Osvaldo decía que La Sonámbula era muy joven y sin embargo tenía el cabello blanco. Decía también que ella miraba de un modo que endulzaba el corazón, pero temblaba al recordar que un día le dedicó una sonrisa con dientes de tiburón.
Algunas personas dejaban alimentos en el umbral, pero rápidamente se apartaban de la casa donde, se comentaba, había ocurrido una desgracia tan grande que la sangre que escapó bajo la puerta empapó la vereda antes de irse por la alcantarilla.
De hecho, al ordenar las palabras y fragmentos de oración que Felipe recogía en su libreta, se podía recrear una noche de tormenta con rayos, centellas, estallido de cristales y gritos estremecedores.
Los vecinos que no querían hablar de aquel asunto siempre encontraban un pretexto para desviar la conversación. De todos modos alguien dejó caer como al pasar que La Sonámbula  sobrevivió a la masacre, pero nunca más durmió.
El Indio conectó ese dato al discurso del borracho que siempre buscaba la mesa del fondo en el bar Petruzzi. Con entusiasmo Felipe sumó a sus anotaciones muchas palabras nuevas como machete, criadito, incesto, canibalismo.
Un día Felipe creyó escuchar a la Sonámbula cuando decía: “Vaya a su pieza papá que está lloviendo y se puede enfermar”. “¿Qué hace con ese fusil? ¿Por qué está descalzo? ¿Eh?”.
Sentados en el cordón de la vereda los tres repasaban lo escrito bajo la luz de un farol mientras mataban mosquitos a manotazos. “Ponele que era Conde”, como dice el borracho sugirió Osvaldo “Dale que vivía con la madre y tenía mujer, una tipa horrible, más cuatro hijas y el criadito”.
“Sí, conjeturó el Indio, ponele que el Conde tenía un Winchester, pocas municiones y un machete…” “Claro, se entusiasmó Felipe, por eso la pregunta: ¿Tomó la pastilla, papá? ¿Tomó la pastilla?”.
 “No sé”, dijo Osvaldo con marcado desánimo, “pienso en los dientes de ella y no sé qué decir. ¿Cómo fue que ella quedó viva y nadie más se salvó?”. Se miraron intrigados.
Esa misma noche fueron a visitar al borracho en su mesa del fondo. “Oiga, che”, apuró el Indio, “díganos por qué La Sonámbula quedó viva, ¿Ella se escapó?”.
El borracho se echó para atrás en la silla y los miró uno a uno, por fin escondió la mirada y dijo: “¿De qué Sonámbula me hablan?”.
“De la mujer de pelo blanco que vive en esa casa de la esquina donde pasó la desgracia…”, dijo el Indio y, conteniendo el aire, los tres quedaron suspensos a la espera de la repuesta.
Por fin el borracho echó un trago y repasó con la lengua el bigote blanco de cerveza. “Enorme desgracia”, dijo después. “Nadie salió vivo de esa casa. El Conde las mató a todas y al criadito también. Los mató a tiros y los cortó en pedazos después”.
“Pero si yo la vi…”, protestó Osvaldo. “Pero si los vecinos le llevan la comida y tiene el pelo blanco y una boca llena de dientes afilados”.
“Y yo la escuché”, dijo Felipe, “porque habla con un hombre y acá tengo anotado todo lo que dice”. El viejo Petruzzi se acercó a la mesa, retiró el vaso vacío y en su lugar dejó un liso helado. El borracho repasó el borde húmedo con sal gruesa y sorbió con deleite. “No sean pendejos”, dijo después: “No me vengan con fantasmas”.
Desde atrás del mostrador el viejo bolichero estuvo de acuerdo con su cliente. “La policía tuvo que tirar la puerta abajo para poder entrar, entonces se escuchó el último tiro, al Conde le quedaba una bala”.
“¿Y por qué?”, preguntó Felipe. El borracho lo miró, pareció buscar entre muchos recuerdos y dijo: “El Conde, que siempre vivió a cuerpo de rey, se bardeó la guita en la timba y esa noche de tormenta se puso loco. Tenía un Winchester y en la casa apenas quedaba un zapallo para comer”.
“Sí”, apuntó Petruzzi, “estaba loco y tomaba pastillas de todos los colores. Al criadito lo encontraron hecho pedazos en la cama de él”.
Entonces Felipe releyó aquello de la pastilla que él mismo había escuchado y registrado en su libreta: “¿Qué hace levantado papá? ¿Por qué no deja ese fusil?”.
Salieron del bar y buscaron un banco en la plaza. Osvaldo y el Indio estuvieron de acuerdo, lo de la Sonámbula no había sido más que un cuento de verano. Avergonzado, Felipe escuchó el  último argumento del Indio. “Boludo”, le dijo, “la Sonámbula no existe porque nadie puede pasarse la vida despierto”.
A su vez Osvaldo reconoció que si bien era cierto que en el bulevar encontró a la mujer del pelo blanco jamás la vio entrar en la casa aquella. Felipe guardó la libreta en el bolsillo del pantalón y nunca más se habló del asunto.

Publicada en Pausa #161, miércoles 9 de septiembre de 2015
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Foto: Héctor Bruschini

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