lunes, 8 de junio de 2015

Tupá rema duro para adelante

La Escuela Tupá de remo y triatlón construyó su propio espacio a la vera de la autopista a Paraná. Amor al río, precios solidarios, cooperativismo y camaradería son sus consignas.


La naturaleza es el escenario de la Escuela Tupá, un emprendimiento deportivo que acumula siete años en el trabajo del deporte amateur, como lo son el remo y el triatlón. Más allá de que ambas disciplinas puedan ser consideradas de elite, Tupá se construyó bajo la receta del inagotable y solitario esfuerzo del amateurismo,
De la mano de Pablo Sanchis –director y profesor– nació el proyecto de promocionar el deporte naútico, alentando a que la gente haga más actividades vinculadas al río, brindando un entorno familiar de compañerismo, de enseñanza-aprendizaje y de accesibilidad económica en cuanto al valor de la cuota.
Son cerca de 40 personas las que circulan por la escuela, navegando por el riacho Santa Fe y los alrededores, aprovechando nuestros ríos.

En un comienzo la Escuela empezó a dar sus primeros pasos en la Costanera Este –debajo del deck donde se ubicaba un reconocido complejo gastronómico– y también en el Club Náutico Sur, “en cada lugar llevamos un remo para empezar a dar las clases abiertas a todos los interesados”, narró Pablo. Sobre esa primera etapa, señaló que él ya venía trabajando con un grupo de personas que hacía triatlón de competencia, por lo tanto a Tupá se le anexó el triatlón y remo recreativo. “A partir de ahí se fue generando el resto de las actividades, como el remo y triatlón infantil, el remo y el triatlón adaptado, el remo recreativo de adulto, y el remo y triatlón de competición”.

Lugar propio
La actividad en la zona de la Costanera Este tuvo continuidad hasta mediados de 2013, y “desde el 2 de junio de ese año empezamos a construir la sede de la Escuela sobre el Riacho Santa Fe, junto a una conocida guardería náutica ubicada en la Ruta Nacional 168”. Se trata de una novedosa sede montada sobre una estructura flotante que soporta una carga de 36 toneladas. Luego de un año y medio para poder empezar a trabajar en el lugar, hoy Tupá disfruta de un galpón montado sobre pontones estancos que flota sobre el río. “En ese espacio, de 24 metros de largo, 6 de ancho y 6,80 de alto, se guardan los botes de remo, bicicletas, y se sigue trabajando para que terminar en poco tiempo más con un gimnasio de pesas, los vestuarios y un salón de usos múltiples en el entrepiso”, aseguró Sanchis.
La construcción de la nueva sede es un trabajo colectivo entre el profesor Sanchis y remeros que brindaron sus conocimientos y mano de obra. Cabe destacar que muchos de ellos son estudiantes universitarios de diversas ingenierías y de escuelas técnicas.
Entre otros detalles, destacó que por una cuestión de valores económicos, “para nosotros es imposible acceder a las tierras donde hoy se ubica la Escuela, además hay otra gran parte de los terrenos que pertenecen al Municipio y a la Provincia y ya están cedidos a otros emprendimientos”. Asimismo, puntualizó que “el Gobierno de la Ciudad autorizó para que se coloquen al lado de la guardería náutica y también accedió a dar un pequeño espacio que funciona como vereda para poder acceder hasta el lugar donde estamos ubicados sobre el río”.
El marcado interés por no abandonar el proyecto se vio reflejado durante el tiempo en que la Escuela careció de espacio físico permanente, ya que durante varios meses el equipo de remo siguió entrenando en la casa –en Colastiné– del profesor y director, mientras que el triatlón se desarrolló en la Costanera Este, “donde había que llevar algunas bicicletas, que es mucho más fácil de mover que los botes”, dijo.

Proyecto cooperativo
Por el costo de los botes y con la idea de tener mayor cantidad de embarcaciones de competición, desde Tupá comenzó a ejecutarse el proyecto de una cooperativa de trabajo (con los chicos que asisten a la Escuela), que consta de la fabricación de botes, elementos y piezas de este tipo de embarcaciones a remo.
Al respecto, Sanchis dijo que “además de fabricar para nosotros, también intentaremos hacerlo para afuera, y de esa forma generar otro recurso para la Escuela”.

Logros
Con esta nueva sede, el director habló de “una nueva etapa”, de comenzar “otra vez de cero”, y en eso de “volver a empezar” destacó que “todavía no son muchos, pero ya hay cerca de 40 personas que concurren a la escuela” para hacer las dos disciplinas. Y vale destacar que dos de esas personas padecen una incapacidad física y compiten a nivel provincial y nacional en remo adaptado.
Con respecto a las competencias, “más allá de que la Escuela estuvo un tiempo sin una sede, no paró de participar en los torneos, y en la última regata en mayo (en Tigre), en la categoría sub 23 de remo de varones conseguimos un segundo puesto y las chicas que corrieron en la categoría intermedia salieron en el tercer y cuarto lugar”, manifestó el director de Tupá.

La data
Las clases de triatlón y remo infantil se dan los días martes y jueves de 16.00 a 18.00 y los sábados de 10:30 a 12.00, las mismas están destinadas a niños y niñas de 9 a 13 años.
Las clases de remo recreativo son los lunes, miércoles y viernes de 14.00 a 18.00; martes y jueves de 16.00 a 18.00, y los sábados de 10.00 a 12.30 y de 15.00 a 18.00. Estas clases están destinadas a adolescentes, adultos,y personas con discapacidad.
Para más información, los interesados se pueden comunicar al siguiente teléfono: 154294868.

Publicada en Pausa #155, miércoles 3 de junio de 2015
Pedí tu ejemplar en estos kioscos

El calor y la resaca

Sobre Los cachitos, la novela de Mariano Pagés.


El lector de una novela, a merced de la palabra de otro, se expone a ser colonizado, expuesto, escandalizado o acariciado, según el autor, que va desenvolviendo su historia y su narrativa. Pero en secreto, a solas. De modo que la entrega es abierta y sincera, no hay nada para fingir ni simular porque no hay interlocución. En el encuentro frente a frente, siempre se ejerce una violencia: querer saber qué le está pasando al otro en el momento en que las miradas se cruzan. Porque cuando eso ocurre, cada uno tiene su propia carga, sus creencias, su historia particular. Y esto motiva que, en el ir y venir del diálogo, el aparente atravesamiento del logos distorsione la tersura de la comunicación e inmediatamente surja el malentendido.
Sin embargo, el texto escrito no tiene inocencia. Estoy pensando en la enumeración de los mártires del cristianismo que Saramago dispone en largas páginas, cuya reiteración va trabajando al lector hasta dejarlo exhausto. Procedimiento cuya audacia se remonta a la Biblia y que Roberto Bolaño retoma en 2666 a propósito de los asesinatos de las chicas, humildes maquiladoras, de México. Esa manera de cerrar el libro para atenuar el horror y decirse lo dejo por un tiempo hasta que vuelva la serenidad, es una acción unilateral que el autor no puede impedir. Pero ha ocurrido. Porque ha ocurrido la experiencia. Quizá es por eso que se dice que una buena obra literaria te cambia para siempre.
El escritor Mariano Pagés, autor de Los Cachitos, novela editada por el sello local María Muratore.

Nunca lo volví a leer, pero tengo en la memoria el momento en que Jean Valjean sale del tribunal, donde se juzga a un hombre por el delito por Valjean cometido, con el pelo que en pocos instantes ha encanecido. Yo tenía 11 o 12 años, y, asustada, me fui a leer a la cocina, para sentir el calor de los míos, y ya no pude leer a solas por mucho tiempo.
Los cachitos es una novela así: no te deja soltarla. A partir de un texto que te cuenta la historia de pocos personajes marginales, te toma, te sostiene y te obliga a acciones poco decentes, como comértelo de una sola vez. No es que quieras hacerlo, pero ocurre, a pesar tuyo, porque no respira y no te deja respirar. Ejerce una tiranía no por sutil menos imperativa. No es caótica pero no es ordenada: distintas voces, como en la Comala de Rulfo, se cruzan. No es dramática pero tiene un aliento trágico. No te aplasta como Carver pero hay un deterioro, una sustracción que es peor porque no podés siquiera lamentarte de que las cosas sean como son. Son, simplemente. Es la desnudez del acaecer; porque no hay razones para que las cosas sean como son en el entrevero entre la fantasía y la realidad, del ensueño y la vigilia, del lenguaje y el silencio; no hay sentido.
Quizá por eso a veces la aserción vacila: “o sólo se lo había imaginado”, “le pareció escuchar”, “estaban solos, o al menos, eso creía”. Pero también toma la forma de la certeza, aunque te lleve a estamparte contra el suelo.
El alcohol te encierra y pierde la llave; no te deja ni la ilusión ni el recuerdo de un afuera. Te arranca del mundo sin permitirte el lamento ni la pena. Quedás a la intemperie como un perro abandonado y enfermo. Los personajes dicen que hubo un momento primordial, falta de amor de una madre, un asesinato insensato. Pero, aunque se reiteran como momentos originarios, vos sabés que es falso. Porque la narración es siempre idéntica, está incrustada en el decir pero evade el análisis y la reflexión. Es una cosa, un objeto inerte. Y el recurso procedimental del chorro sin fin de la narración es lo que te ajusta la soga al cuello. La muerte tiene el cariz del accidente, es parte del sueño.
Se dirá que los de afuera presionan para precipitar el acontecimiento, que conspiran contra la salud y el bienestar, pero esto también es falso e inconsistente, porque, como todos sabemos, nadie puede penetrar tu, llamémoslo alma, sin que lo autoricés. Nada, una simple caída hace que el pozo, en su deriva, vaya haciéndose a sí mismo interminable.
Es un mundo donde la infamia tiene éxito: robarle los dientes al abuelo muerto, electrocutar al desprevenido. Fracasa lo que se entiende por “vida”: la paternidad, la amistad, una carta que no se deja leer; no se puede vencer la ley de la gravedad. Los cachitos son despojos, hilachas de humanidad, hebras sueltas, sin tristeza y sin piedad. Sus personajes no son desvalidos. Ahí están, sin esperar a Godot, pero no porque sepan que no existe, sino porque no hay nada que esperar.
La novela no remite a ninguna que deambule por acá. Es única. No tiene encanto; mejor dicho, tiene el encanto de la ferocidad, y por eso es grande.

Publicada en Pausa #155, miércoles 3 de junio de 2015
Pedí tu ejemplar en estos kioscos

El show de los 90


A raíz de una confesión que no pienso hacer pública, en una cena con amigos y otras gentes que me cayeron muy bien, derivamos en la típica conversación de un grupo de personas mayores de 30 (y el hijo de una de ellas que se aburría como ostra mientras tanto) que rememoran los ’90. No, no nos pusimos a hacer un análisis político del menemato, ni de los perjuicios a futuro del 1 a 1. Díganos irresponsables, sí. Está bien. Era sábado, había lisos y nos estábamos riendo mucho. Además de irresponsables, somos frívolos, ¿y?
Desde luego, una de las primeras cosas que recordamos fue la Brahma a $0,85 en la góndola del súper. Es la típica. Uno de los presentes, muy acertado, dijo que eso costaba un 20% de desocupación. De no haber sido porque ya me miraban feo después de mi confesión, le hubiese contestado que para eso existía la Diosa también, y que era más barata. Años antes de mi ingreso en la cerveza, en el kiosco de la galería que estaba enfrente al Teatro Municipal, me compraba una latita de Coca y una bolsita de palitos de la selva por un peso. Salíamos los sábados al boliche con cinco mangos y tirábamos toda a noche. Sí, obvio: cinco mangos era plata. Y más si tenemos en cuenta que “los sueldos eran de $300”, como dijo uno de los camaradas amigos. Pero no se trató la charla de cuestiones monetarias que, encima, pueden hacerle hacer comparaciones odiosas e injustas a algún desprevenido. En los ’90 vivíamos como el culo y punto. Y si uno no vivía como el culo, al lado tenía a diez que sí.
La cosa tenía más que ver con lo que consideramos un hito fundamental de la década del tiragomas. Algo que dividió en dos dicho decenio: el jarrón del Guillote. Sí, el Cóppolagate. Mauro Viale, uno de los peores relatores de fútbol de la historia, inauguraba una selva (ruido de animales salvajes), televisiva. Con el Diego a la cabeza, el juez Bernasconi (que terminó en cana por manipular pruebas y plantar la droga) y un séquito de “Guillotitas”, el estudio de Mauro por momentos parecía el de Titanes en el Ring, aunque con un alto porcentaje de luchadores suspendidos por doping positivo. Samanta Farjat (toda la noche se la aguanta), Yayo Cozza y Natalia Denegri (¿Quién se la puso al final?), comandaban el staff de notables inútiles que casi hacen desaparecer el dormir la siesta de la cotidianeidad argentina. (Investigando para esta columna descubrí que Denegri es una destacada y premiada personalidad filantrópica del periodismo latino en Miami. No, no es joda.)
Siguiendo con lo más bizarro de los ’90, A la cama con Moria, era el programa donde iban todos los políticos del menemismo a desnudar sus intimidades, un ratito después de decir en el programa de Neustadt cómo nos iban a mandar a la ruina absoluta en un par de años. Neustadt, lectores veinteañeros, era más malo que Walter White y Francis Underwood juntos. Silvia Pérez, Susana Romero, Divina Gloria, eran otras huérfanas de Olmedo, aunque mucho menos afortunada que la otrora jurado del concurso de baile de Tinelli. Tinelli, que me recuerda los torneos de pulseadas y de balero de La noche del domingo, del misógino erudito Gerardo Sofovich, interventor de la televisión pública durante la primera presidencia del riojano.
“Ya no hay programas humorísticos”, lanzó una de las parroquianas y eso nos transportó a Juana Molina, Antonio Gasalla y una selección de cómicos hoy muy difícil de reunir (algunos porque están muertos también): Tortonese, Urdapilleta, Juan Acosta, Daniel Aráoz, Verónica Llinás y Atilio Veronesi, Magazine for Fai, de Mex Urtizberea y una troupe de adolescentes talentosísimos.
Pero lo bueno dura poco, como todos sabemos. Y alguien volvió a remarcarme lo de mi confesión. Y de vuelta a la berreteada nos encontramos con el cierre de transmisión del Padre Ceschi y lo que yo nunca creí que me iba a suceder. A uno de los presentes se le ocurrió contar que Ceschi es chaqueño, que nunca vivió en Santa Fe y que las reflexiones del día eran enlatadas y difundidas por canales de todo el país. Y para peor, eran unas pocas que se repetían periódicamente. El 1 a 1, el cohete a Japón y el Padre Ceschi, las tres grandes farsas del menemismo. Yo creía que me hablaba a mí, que me deseaba un buen descanso a mí, acá nomás, en Canal 13, traidor farsante.
Encima no iba a repetir lo de la Brahma como para salir de tanta desilusión con una sonrisa porque capaz alguien saltaba conque toda la televisión que acabábamos de recordar se pagaba con la indigencia y el hambre de más del 45% de los argentinos y nos íbamos terminar cagando la salida.
Y a los que me siguen preguntando por qué en el Pausa anterior no salió la Hora Libre, les respondo que fue porque vi algo que no me gustó. ¿Qué cosa vi? Prefiero guardármelo, pero fue lo suficientemente grave como para decidir bajarme de la publicación.

Publicada en Pausa #155, miércoles 3 de junio de 2015
Pedí tu ejemplar en estos kioscos

Créditos para 34 obras hídricas

Por unanimidad, los concejales autorizaron al municipio a gestionar préstamos para desagües y otras obras.


Santa Fe convive con el agua desde su fundación. Las inundaciones son un problema estructural de la ciudad y es el Estado el que tiene que brindar soluciones. Y estas soluciones implican realizar obras muy costosas. ¿Qué obras son las prioritarias? ¿Cómo se financiarán dichas obras? ¿Nos endeudamos para evitar las inundaciones o pedimos ayuda financiera a la provincia o la nación? ¿Se privilegian el orden de las cuentas o la calidad de vida de los santafesinos?
Todos estos temas son los que se debatieron durante un mes en el Concejo municipal hasta que finalmente se aprobó de forma unánime la toma de un empréstito por $113.186.000 millones que permitirá realizar 34 obras complementarias, principalmente para el norte y noreste de la ciudad. Luego de la decisión, el intendente José Corral manifestó “no es mucho el dinero sobre el del presupuesto anual, vaya si vale la pena invertir esos fondos en obras de desagües. A la gente no le importa mucho cual será la partida, si son 36 o 48 cuotas. Lo que la gente quiere son las obras y cuanto antes mejor”.
Inicialmente el poder ejecutivo remitió el Mensaje Nº 08/15 solicitando el permiso para el financiamiento externo de obras hídricas complementarias. Durante el largo y arduo debate del proyecto, se efectuaron distintas instancias de diálogo que involucraron a diferentes actores: ediles, funcionarios municipales, representantes del Instituto Nacional del Agua, vecinalistas y otros sectores interesados. Finalmente, los Concejales aportaron trascendentes modificaciones al proyecto original, entre las que se destaca la ampliación de $13 millones para nuevas obras y el acuerdo de encuentros periódicos para dar a conocer los avances de los trabajos.

Testimonios en el recinto
Luego de aprobado el proyecto, los Concejales expresaron sus opiniones al respecto.
El presidente del Concejo Municipal, Leonardo Simoniello (FPCyS-UCR) sostuvo que: “Quiero reconocer el consenso de este Concejo porque nunca es fácil lograrlo, pero hemos trabajado seriamente y hemos podido sancionar esta posibilidad de endeudamiento, que lo que hace es llevar obras a zonas donde faltan. Hemos realizado obras hídricas en el oeste y en el sur, que son las zonas que fueron afectadas en 2003 y 2007. Hoy la prioridad tiene que ser en el norte y la mayoría de estas obras hídricas van a estar ubicadas allí.”
Por su parte, Silvina Frana (Bloque Partido Justicialista) se refirió al financiamiento: “Lo que nosotros siempre pusimos en debate es la forma de financiar las obras. Creo que nadie estaba en contra de su realización porque no son definitivas pero ayudan a aliviar situaciones. Yo planteo la financiación de un fondo compuesto con parte del fondo sojero, con parte del fondo de obras públicas y con un ahorro.”
Tomás Norman (Unión PRO Federal) resaltó los beneficios de las obras: “Esto aliviará la situación de muchas familias en la ciudad de Santa Fe, disminuirá los efectos y mejorará el escurrimiento del agua en determinadas zonas. Este tipo de obras son muy importantes y prefiero que se endeude el Municipio para obras que quedarán para todos los santafesinos y no que se endeude el vecino”.

Publicada en Pausa #155, miércoles 3 de junio de 2015
Pedí tu ejemplar en estos kioscos

domingo, 7 de junio de 2015

Sofi, Coca y Juana

Médula, por Fernando Callero

Sofi anda en su silla girando por todo el gimnasio. Es difícil verla trabajar, pero su voz resuena todo el tiempo. Da indicaciones, discute con los terapeutas y nos hace reír. Tiene 20 años y su fuerte es un erotismo guarango que practica con todos los pacientes, de palabra. Su cara es como una luna, labios rosa carnosos con brillo natural y unos ojos marrones que miran de frente. Tiene contextura rellena y es la que coordina las peñitas de los jueves en las que un grupo de pacientes se hace traer por familiares salamines, queso y otras delicias para alternar con la dieta de las nutricionistas. A jóvenes y viejos, les hace chanzas atrevidas, los invita directamente a coger, y ellos brillan en ese instante en el que su hombría es convocada detrás de los fantasmas de la postergación.
Hace más de nueve meses que está internada, aparentemente tiene posibilidades con sus piernas, pero es difícil verla entrenar. Parecería querer quedarse para siempre, cumpliendo su función: darse a la recuperación de los otros. Durante una sobremesa vimos en la tele un caso de un tipo que castigó a su pareja mujer hasta dejarla inconsciente. “Habría que empalarlo”, dije yo, “¿Vos qué opinás?”. “Más vale, ¿por qué te crees que estoy acá? Primero me atropelló con el auto, después me empepó con vino y como no quise coger me tiró de un tercer piso”. Y la dejó picando. Yo no quise seguir indagando, ya habría tiempo para enterarme un poco más. Acá tarde o temprano todo se termina sabiendo.
Sofi anda para todos lados con la Coca. Coca y la Vieja Mugrienta, como ella le llama, son dos nonagenarias que perduran de cuando la institución era un geriátrico y, como no tienen a nadie, las siguen albergando. Por eso quizás les cuesta tanto morir. Sofi liberó a Coca de la tiranía de Juana, la Vieja Mugrienta, de quien se dice que mató a la hermana y que, en su delirio, busca todo el tiempo a la Coca para para que vaya adentro con la bici. Adentro es la habitación que comparten y la bici, la silla de ruedas. La Vieja Mugrienta realmente tiene cara de mala, pero ya es inofensiva. Odia a la Sofi porque ahora no tiene a quién hostigar. Un par de veces Sofi la vio tirándole el pelo a Coca y le aplicó un par de cachetazos que la pusieron en su lugar. La otra noche Coca se quedó con nosotros de sobremesa y Juana cada tanto aparecía desde la pieza para llamarla adentro. Pero Coca ahora la ignora y sigue de largo hasta tarde con el grupo.
“Coca, vámonos”, le dice Sofi.
“Adónde”, grita furiosa la Vieja Mugrienta.
“A buscar machos”.

Publicada en Pausa #155, miércoles 3 de junio de 2015
Pedí tu ejemplar en estos kioscos

Que sea la última vez

Otro yo mismo, por Mari Hechim

Doña Irene y don Pepe vivían en una casa de enfrente y tenían una pequeña panadería.
La calle en la que yo vivía era una gran casa. Sobre todo las que rodeaban la mía, que estaba a mitad de la cuadra. Era el 4559 de 9 de Julio, entre Pedro Ferré y Díaz Colodrero. Los chicos entrábamos y salíamos de cada casa vecina como si se tratara de la nuestra propia. Los de al lado a la izquierda tenían un par de bebés y la Porota, su madre, no tenía un gusto especial por mantener los pisos relucientes y los muebles sin polvo, lo cual no significaba demasiado para nosotros. Al lado de ellos, vivían dos mujeres, madre e hija. La mayor era una señora voluminosa y enérgica, ella sí una apasionada de la limpieza, y la menor era profesora de matemática en una escuela católica y le decíamos la Señorita. Según sabíamos, ella nunca había tenido novio porque, al parecer, su señora mamá era soltera y no se lo permitió nunca. A mí me encantaba sentarme en el umbral de su casa las nochecitas de verano, y conversar con ellas.
En cambio, los de la cuadra de enfrente eran otro mundo. Y ni qué decir de quienes vivían cruzando las esquinas. Posiblemente la mayor cercanía con quienes vivían a la izquierda de mi casa provenía del hecho de que, siguiendo por ese lado, te acercabas a la casa de la tía Maruca, que vivía enfrente, y de la abuela paterna, la abuela Zakía, que vivía un poco más allá, con su hija Nelly y sus numerosos hijos, mis primos.
Todos los días, al levantarnos, mamá nos mandaba a hacer las compras del día. A mí me gustaba ir a la panadería de enfrente, a comprar un kilo de pan y cinco de bizcochos. Yo salía corriendo, porque me gustaba, y al ir cruzando me alcanzaba la voz de la vieja: “Traete algunas galletitas y no corrás”.
Doña Irene era una señora rubia de ojos claros, un poco inclinada hacia adelante, mirando como al suelo todo el tiempo. La Señorita había dicho que el panadero no era trigo limpio, moviendo la cabeza de lado a lado con pesar. Él nunca estaba cuando yo iba de compras. Pero a la tardecita, solía salir a la vereda con su gran panza –salía en camiseta en verano– y su vaso de cerveza, y se sentaba en una silla bajita y de vez en cuando reclamaba a los gritos otro vaso, a su mujer. Ella aparecía enseguidita con otro vaso con el líquido dorado, y se volvía para adentro en un santiamén.
Hasta que empezamos a escuchar los gritos. Ocurrían de noche, y fueron creciendo en frecuencia en poco tiempo. Mi madre se acercaba sigilosamente a la ventana, entreabría apenas la persiana, y miraba a través hacia la panadería y no veía nada. Y a nosotros nos sacaba carpiendo de allí. “Tendríamos que hacer algo”, decía, y retorcía las manos estrujando el delantal de cocina.Mi papá la abrazaba y mascullaba las cosas horribles que él podría hacerle al hijo de puta. Y noche tras noche, el griterío no se hacía hábito y causaba terror.
Cierta vez, más temprano que de costumbre, se oyó un grito tremendo que atravesó la tarde como un rayo. Pero era la voz de un hombre, no de doña Irene. Igual causó un estremecimiento generalizado, que hizo que todos saliéramos a la puerta, para ver de qué se trataba. Furtivamente, como una rata, salió doña Irene de la panadería, llorando, y se dirigió sin mirar a nadie a la casa de una amiga que vivía al lado, doña Kuki.
Después supimos la historia. Doña Irene está planchando, con esas planchas de hierro de antes, pesadas, que debías controlar para que no se recalentaran, y viene este marido que tiene y se pone a gritarle, mal, que no sé qué no compraste cerveza, y se da vuelta y ella agarra y le estampa la plancha en la espalda desnuda, un rato demasiado largo para el espanto de él, que sale corriendo al baño. Y ella se entristece tanto de verse haciendo semejante cosa, que la tristeza la aniquila. También sospecho que salió llorando porque el olor de piel humana quemada no es como aroma de jazmines. Él no volvió a pegarle nunca más.

Publicada en Pausa #155, miércoles 3 de junio de 2015
Pedí tu ejemplar en estos kioscos

El Polaco (II)

Variopinta, por Federico Coutaz


En el barrio algunos decían que el Polaco había estado en la guerra, otros decían que no. Mi abuela me contó que vivía en esa casa desde hacía muchos años, que había tenido hijos y mujer pero lo habían abandonado por violento y miserable.
En ese tiempo, empezábamos a conocer los placeres de vagabundear, hacer maldades y  asumir pequeños peligros, como robar boludeces, colgarnos de los trenes o hacernos perseguir. Los sábados a la mañana íbamos a la peatonal. Sólo por ese día íbamos bañados y en colectivo, aunque al menos un tercio del grupo no pagaba el boleto, Pancho no pagó jamás.
Una de esas veces subió el Polaco, se sentó y cada tanto giraba la cabeza y nos tiraba una mirada filosa. Se bajó en el centro, nos bajamos atrás. Lo seguimos un par de cuadras hasta que se volvió sobre nosotros, corrimos. Supongo que alguno lo provocó. Lo cierto es que para mí fue una mierda, sólo quería seguirlo, lo hubiera seguido todo el día.
En verano deambulábamos hasta tarde. Con Carlitos y el Fede pasábamos una y otra vez por la vereda del Polaco. Disfrutábamos, morbosos, del cagazo. Del lado de la calle había dos grandes matorrales de plantas altas y arbustos. El Coty había contado que una tarde de invierno, cuando ya estaba oscuro, el Polaco le salió de entre las plantas y lo agarró del brazo, que él había tironeado y logrado zafar.
En un momento, la figura del Polaco y sobre todo su casa me despertaban una intriga insoportable. Pasaba tiempo imaginando su pasado, su vida ahí adentro, sus secretos. Fantaseaba, al borde del terror, con entrar cuando no estuviera y revisar todo: cajones, fotos, papeles, cuadernos. Seguramente compartí la idea con el resto, o puede que se le haya ocurrido a otro,  al Coty, cuya fantasía estaba más orientada a buscar y robar todo lo que se pudiera vender, empezando por el televisor color.

Publicada en Pausa #155, miércoles 3 de junio de 2015
Pedí tu ejemplar en estos kioscos

LOS OTROS CAPÍTULOS