jueves, 9 de mayo de 2013

Un puerto a la deriva


¿Cuáles son los intereses que se juegan en el punto de localización para el nuevo puerto?

Por Hugo Kofman (*)

A fines de 2012, el ministro Ángel Sciara anunció la licitación para la construcción del Nuevo Puerto de Santa Fe, que operará con “gestión privada” al menos durante 33 años. Las presentaciones se cerrarían el 25 de abril de 2013 (1) y todo aparenta que en tres años los santafesinos tendremos un puerto de ultramar sin los problemas del viejo puerto inaugurado hace más de un siglo.
Sin embargo, Sciara también reconoce que para garantizar que los barcos puedan operar y maniobrar, “los cálculos de los expertos dicen que es necesario efectuar dragado y ‘cortar’ una isla”.
Luego revela que “la demora desde 2003 a 2009 era por donde se localizaba, hasta que hubo un decreto del gobernador Jorge Obeid que definió, políticamente y con el apoyo de las fuerzas sociales, una de las tres localizaciones previstas como alternativa; el famoso punto G. Ahí se zanjó el problema”.
En realidad no hay mucha gente enterada de ese conflicto, ni se sabe de importantes  fuerzas sociales que hayan intervenido. Tampoco nos informaron cómo fue ese debate, cuáles eran las distintas opciones y sus fundamentos.
En noviembre de 2012, desde el Centro de Estudios y Acción Popular (CEAP) presentamos a la Cámara de Diputados un documento de análisis sobre el tema, incluyendo aspectos financieros vinculados al préstamo del Fonplata, y una radiografía del Ente Administrador Puerto de Santa Fe. El organismo es presidido por un representante del gobernador, con un Consejo con mayoría de entidades empresarias, y una fuerte incidencia de la Bolsa de Comercio de Santa Fe. En el año 2006 fue el Ente quien eligió el punto G para emplazar el nuevo puerto, con la participación protagónica de Gustavo Víttori, el silencio de las autoridades de la Universidad Nacional del Litoral, que eran parte del Grupo de Inspección, y el apoyo del ex gobernador Obeid.
El análisis técnico del documento del CEAP fue aportado por el profesor Mario Amsler, titular de la cátedra de Hidráulica Fluvial de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas de la UNL, quien nos remitió a un libro publicado por la UNL en el año 2000. Queda en claro en ese estudio que el punto G, cercano a la desembocadura del río Colastiné frente a la isla La Paciencia, es totalmente inapropiado para la construcción del nuevo puerto. Corresponde al antiguo cauce del río Paraná, que es hoy un brazo secundario con intensa sedimentación, lo que obligará a permanentes dragados. Tiene estrecho margen de maniobra para los barcos, los accesos que se deben construir sobre las islas son sumamente costosos por el carácter inundable de la zona, e implica un fuerte impacto ambiental.
En 2006 los expertos de la Facultad de Ciencias Hídricas de la UNL discreparon con el Ente portuario, con los mismos fundamentos del profesor Amsler, y propusieron otro lugar de emplazamiento para el nuevo puerto: en las cercanías del Túnel Subfluvial, donde el río tiene un calado profundo y una gran amplitud de maniobra. A estas ventajas naturales, se suma el acceso ya existente de la ruta 168, que abarataría notablemente el costo de la obra. De hecho sus opiniones no fueron tenidas en cuenta y se retiraron del convenio de asesoramiento. 
¿Por qué entonces la obstinación del Ente en sostener el punto G para emplazar el nuevo puerto?
Una respuesta posible fue publicada en el diario Uno en 2007. En 2003, tres años antes de la elección del lugar, una “sociedad anónima” a la que se vinculó a la dupla Caputto-Víttori, había comprado grandes extensiones de tierra a precios irrisorios en la zona del punto G, para especular con su futura valorización. La denuncia derivó en múltiples declaraciones de legisladores y en un pedido de informes encabezado por el entonces diputado Antonio Bonfatti.
Para poner paños fríos, el entonces gobernador Jorge Obeid propuso expropiar las tierras a “valores históricos”, lo que aún no se concretó. Además, Nahuel Caputto se vio obligado a dirigir una nota  al Ente manifestando su “voluntad de ceder” las tierras que había comprado en la zona del punto G, pero no nos consta que eso se haya efectivizado. Las dudas sobre el lugar de emplazamiento y las amenazas de denuncias judiciales sobre posible “tráfico de influencias” quedaron en nada, y todo siguió su curso de acuerdo al plan trazado por Gustavo Víttori.
Lamentamos que el ministro Sciara no nos haya respondido a un pedido de audiencia en el cual ofrecíamos aportar información que consideramos significativa respecto a un proyecto de gran magnitud que puede adolecer de graves fallas técnicas con un enorme impacto económico para la provincia. Aunque no estaría de más que revele cuáles son los “expertos” que consultó y que lo convencieron que la mejor alternativa era cortar una isla y el dragado permanente.
Mientras tanto, el Ente sigue haciendo negocios millonarios para pocos, con la tierra pública del puerto, favorecido por una decisión de la propia Legislatura provincial que en 2012 lo eximió de pagar el préstamo de Fonplata y nos hizo cargo a todos de la deuda. Se soslaya así la promesa de que las recaudaciones del MasterPlan  se destinarían a la financiación del nuevo puerto. Queda así en evidencia que el proyecto impulsado por el entonces gobernador Obeid, sin cuestionamientos de la oposición, era un verdadero plan maestro de los negocios inmobiliarios para la apropiación privada de bienes públicos a precio vil.
Quizás no esté de más recordar que el presidente del Ente portuario, Marcelo Vorobiof, tiene intereses privados en el negocio inmobiliario como accionista minoritario del Grupo Pilay (2). Y que su hijo, Fernando Vorobiof, fue recientemente favorecido por el gobierno provincial, a través de la concesión de una “zona franca” de comercio exterior en la zona de Villa Constitución a una Unidad Temporaria de Empresas que integra a través de Worcap SA.
Salvo que se traten de casualidades.

(1) La licitación se postergó hasta el 25 de julio; luego se volvió a prorrogar, por falta de oferentes, y se realizará el 28 de noviembre.
(2) Si bien integra el directorio de esa empresa, el 28 de octubre pidió licencia hasta el final de su mandato.

(*) Docente de la UNL.

Publicada en Pausa #112, miércoles 24 de abril de 2013

martes, 7 de mayo de 2013

Tramando medios: aprendizaje en comunicación


Docentes, graduados y estudiantes de Comunicación Social que integran el Equipo de Medios del Área de Comunicación Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER, lanzaron La Tramando, una revista lúdica que, basada en la concepción de la comunicación como un derecho, invita a los y las jóvenes a elaborar diferentes piezas comunicacionales, tales como spots radiales, radioteatros, esténcils, historietas, fanzines, fotonovelas y videos-minuto, a partir de los recursos que se tengan a disposición.
Se trata de un material pensado para organizaciones e instituciones educativas, que pueden utilizarlo como guía para trabajar y potenciar la comunicación comunitaria. La publicación contiene relatos de las experiencias de los participantes de Talleres de Comunicación Comunitaria desarrollados en escuelas de Santa Fe y Paraná, tutoriales que recorren la elaboración de distintos productos comunicacionales y un juego didáctico de comunicación, ideado para ser disfrutado por jóvenes sólo con la ayuda del contenido de la publicación.



“La idea surgió a partir de la necesidad de contar esas experiencias de comunicación comunitaria y, al mismo tiempo, de las ganas de transmitir y contagiar la posibilidad de ejercer el derecho a la comunicación a partir de la producción de materiales comunicacionales por medio del juego”, explica Cecilia Rolandi, integrante del equipo realizador.
—¿Cómo pueden obtener La Tramando las instituciones interesadas?
—Los interesados en tener su ejemplar pueden pedirla por nota al Área de Comunicación Comunitaria de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER o por correo electrónico a tramandomedios@gmail.com. Por suerte estamos teniendo muy buenas repercusiones y varias organizaciones y colectivos de trabajo nos han pedido la revista no sólo en la región sino también desde distintas provincias. El pedido más impactante fue el de la organización Milperos Autónomos de México.



Además de la publicación, desde el Área de Comunicación Comunitaria se viene realizando desde hace un par de años el “Tramando Medios”, una maratón comunicacional en la cual estudiantes de distintos niveles e instituciones educativas de la zona se reúnen para realizar producciones colectivas de materiales comunicacionales. Los asistentes conforman grupos al azar y trabajan con otros estudiantes a quienes conocen ese mismo día, debaten una consigna y luego realizan productos comunicacionales en diversos lenguajes (esténcil, calcomanía, historieta, fotonovela, cuña, radioteatro y stopmotion, entre otros).Este año el Tramando Medios 2013 se realizará el 23 de mayo y la inscripción estará abierta hasta el 10 de mayo inclusive.

Publicado en Pausa #112, a la venta en los kioscos de Santa Fe y Santo Tomé.

Las obras nuevas y las que faltan


Tras el cierre de la Circunvalación, ahora el problema son las lluvias. Después de la nueva inundación de 2007, se arreglaron casabombas y se anunciaron nuevos drenajes.

Por Sergio Ferreyra

Las obras inconclusas son la génesis del crimen hídrico de 2003. Las obras terminadas llegaron tarde, cuando el agua ya había arrasado todo a su paso.
¿Cuáles son las obras que hoy Santa Fe mira de cerca para evitar las inundaciones? Los desagües Lavaisse y Entre Ríos son las estrellas de los varios anuncios de recomienzo (y de sus múltiples frenos). A través de estos conductos, gran parte del agua que pasa por la ciudad debería ser llevada al exterior del anillo de defensa. En la última lluvia de abril, también volvió a escucharse de boca de varios funcionarios la importancia que tiene el canal Las Mandarinas, al norte de la ciudad, fuera de su jurisdicción.
A estas ejecuciones de infraestructura, la cuales todavía no están concretadas, se suma la necesidad de la casabomba 0, a la altura del Club Colón, y la ejecución del ensanche de la alcantarilla que drena al reservorio de la casabomba 1. Es decir: dos obras cruciales para que de una vez dejen de inundarse por lluvia los barrios del suroeste.
En 2010 ya hubo un compromiso del gobierno provincial para realizar una inversión de $5.873.279,89 en la alcantarilla, que tiene apenas 1.20 metros. Pero la obra de ensanche –se calculó que esa alcantarilla debe medir 12 veces más, unos 15 metros– no se concretó.
El 23 de agosto de 2010, Mario Barletta, por entonces intendente de la ciudad, y el subsecretario de Recursos Hídricos de la Nación, Fabián López, anunciaron: “Los desagües de Lavaisse y Entre Ríos estarán terminados a mediados de 2011”. Rubricaron un convenio para la construcción de la obra de desagües pluviales y defensas contra inundaciones en la cuenca Derqui y Gorostiga y de calle Entre Ríos. Esta obra, una vez finalizada, solucionaría los problemas de drenaje de una amplia zona del centro-norte de la ciudad de Santa Fe. Por su parte, López, afirmó: “la palabra clave para poder realizar todas las obras es tener un Plan Director, porque si uno no planifica, se dedica solamente a resolver problemas”.

Obras vertebrales
El viernes 14 de septiembre de 2012, oficialmente se anunció que “ya se ejecutó el 80 % del desagüe Lavaisse”. La obra total demandará una inversión que ronda los 20 millones de pesos, de los cuales cinco serán aportados por el Municipio, y beneficiará de manera directa a Los Hornos, Unión y Trabajo, San Pantaleón, Jardín Mayoraz y Ciudadela Norte, y aliviará a otros sectores aledaños.
Los trabajos fueron retomados por la Empresa Boscarino en el mes de julio de 2012, luego de una serie de gestiones realizadas en Buenos Aires para que el gobierno nacional ratifique un convenio que se firmó en 2010 y que permitió reiniciar también la obra del desagüe de calle Entre Ríos.
“Esto va a ayudar a aliviar mucho la zona de Jardín Mayoraz y un amplio sector. Estamos a unos metros de pasar la vía y, cuando lo hagamos, el troncal va a captar todos los excedentes de ese barrio pero va a aliviar otros como Unión y Trabajo, Ciudadela Norte, San Pantaleón, entre otros; en definitiva todas las cuencas que están vinculadas con esta zona de la ciudad van a responder mejor, más aliviadamente. Se trata de la obra definitiva para esta zona”, destacó el intendente José Corral.

Habemus sistema
El 20 diciembre de 2012, en una inauguración de obras contra inundaciones en Santa Fe y Rincón, el ministro de Aguas, Servicios Públicos y Medio Ambiente, Antonio Ciancio, dijo: “estamos completando un programa que iniciamos hace cuatro años en toda la provincia, que también es continuación de otros, y creemos haber concluido una etapa. Ahora nos resta realizar las alcantarillas de la zona oeste y la estación de bombeo cero en zona del Club Colón”.


Barrio Chalet padece las lluvias. Foto: Claudia Albornoz, último temporal

En cuanto al funcionamiento de las nuevas bombas, Ciancio señaló que “las estaciones de bombeo van a ser atendidas por operarios y a nosotros nos interesa que cada municipio o comuna involucrado tome a su cargo esta problemática porque evidentemente es importante la cantidad de estaciones”. Además, puntualizó: “las que necesitan grupo electrógeno se los hemos colocado para confiabilizar aún más el sistema eléctrico”.

Vuelta a empezar
El 2 de julio de 2012 volvía a oficializarse que se retomaron los trabajos en el desagüe Lavaisse, tras todos los anuncios anteriores. “Significa retomar dos obras que son muy importantes para la ciudad: una es el desagüe sobre calle Lavaisse y el otro es sobre Entre Ríos. El primero va a aliviar toda la zona central de la ciudad; cuando pasemos la ciclovía se van a incorporar barrios como Mayoraz, Villa María Selva, entre otros; y además se van a aliviar las otras cuencas”, detalló el intendente José Corral.
Más adelante se refirió al de calle Entre Ríos: “Allí nos faltan unos 800 metros que van a aliviar toda la zona oeste y sobre todo a los barrios Centenario y San Lorenzo donde está este desagüe. Arranca la obra de Lavaisse pero en realidad se inicia un plan que incluye a los dos. Primero se termina este y luego el de Entre Ríos. Demandará unos 10 meses en total”.
Por su parte, el diputado nacional Agustín Rossi detalló cómo fueron las gestiones y recordó: “es parte de un convenio que se había demorado en la gestión de Mario Barletta y que lo pudimos reflotar”.

Las Mandarinas
El 27 de diciembre de 2012, en ocasión de un temporal de lluvia el intendente Corral comentó: “hubo un desborde del Canal Las Mandarinas, en jurisdicción de Monte Vera, que hizo que ingrese agua la ciudad. Le hemos pedido al Ministerio de Aguas que limpie estos canales que están fuera de la jurisdicción de Santa Fe. Cuando no funciona ese canal, que desagua en la laguna Setúbal, el agua ingresa a nuestra localidad”.
Mientras tanto, señaló que “las obras para el desagüe de Entre Ríos comenzarán ni bien terminen las del Lavaisse. El Ministro de Aguas, Antonio Ciancio, nos dijo que en estos días se retomarán las de la Casabomba 0, en barrio Centenario, lo cual también es una buena noticia. Y la alcantarilla número 1, ubicada debajo de la Circunvalación que también nos va a aliviar mucho. Calculamos que para agosto o septiembre del próximo año ambas obras estén terminadas”.
Luego de los 185 milímetros de lluvia marcados por el pluviómetro del Hospital de Niños el 11 de abril pasado, la presidenta Cristina Fernández telefoneó a Corral por las imágenes que se difundieron en medios nacionales, que resultaron de 2003. “Le agradecí el llamado y le comenté a la presidenta las obras que tenemos en este momento financiadas desde Nación, como el Lavaisse, y la disposición de seguir con este plan de obras, que es muy necesario para Santa Fe”. Y comentó que la primera mandataria nacional “se mostró dispuesta a continuar con ese plan de obras”.
También en esa línea se refirió a que “tenemos un ingreso de agua a la ciudad por el Norte, y por eso insistimos con la necesidad de la obra del canal Las Mandarinas, que nos permitiría aliviar la situación no sólo a Santa Fe sino también a la Comuna de Monte Vera. El agua entra por el norte porque el canal no funciona llevando el agua a la laguna, como debería ser, y eso nos hace desagotar con una lentitud mayor en la zona de Facundo Zuviría y avenida Peñaloza”.

Publicado en Pausa #112, a la venta en los kioscos de Santa Fe y Santo Tomé.

lunes, 6 de mayo de 2013

Tras la huella del Chacho


Malchiko lleva la historia de Peñaloza a la pantalla nacional.

Por Juan Almará

Canal Encuentro, la TV Pública y Malchiko Contenidos Audiovisuales coprodujeron una docu-ficción, Rebelión en los llanos. Vida, resistencia y muerte del Chacho Peñaloza, que rescata los pasajes más importantes de la vida del caudillo riojano. La serie, estrenada el 12 de abril por la TV Pública y compuesta por cuatro capítulos, fue dirigida por el santafesino Mauricio Minotti (responsable de Malchiko). Mauricio es fotógrafo, editor-montajista y actor. En Buenos Aires trabajó con Pino Solanas como editor y camarógrafo en el documental Tierra Sublevada y en la serie Historia de los ferrocarriles argentinos. Como director y guionista, estuvo a cargo del ciclo documental Historias de Santa Fe, primera producción provincial en emitirse por el Canal Encuentro del Ministerio de Educación de la Nación. Su empresa cuenta con tres emprendimientos: Historias de Santa Fe, Escenas de la Historia de un País y Rebelión en los llanos. Con Minotti hablamos sobre su última creación, los desafíos de registrar la historia y el presente santafesino en el campo audiovisual.

Vida y obra de un caudillo
—La miniserie reunió a actores y técnicos de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y La Rioja ¿Cómo fue la preparación y qué características tuvo el rodaje?
—La preproducción fue algo nuevo para nosotros, dado que tuvimos que hacer una serie en un lugar que desconocíamos. Viajé dos o tres veces a La Rioja para adentrarme en los escenarios por los que había pasado el Chacho. Elegí lugares que representen ese paisaje, que estén presentes en la retina de la gente, de tal manera que al verlos digan: “eso es La Rioja”. Fue un laburo de scouting muy grande, pero bastante rápido. Y después se organizó mucho desde Santa Fe. Se armó todo el equipo y se coordinó con gente de Buenos  Aires. Fue un proyecto que empezó siendo muy chiquito. A medida que íbamos consiguiendo cosas y entusiasmándonos, creció hasta transformarse en lo que consideramos una superproducción. Si bien contamos con un presupuesto considerado grande para una serie de Encuentro, no fue suficiente. Tuvimos mucha colaboración de Canal 7, que nos brindó vestuario. También usamos armas de otras series como Revolución o El combate de San Lorenzo. Los retos pasaban por coordinar en una zona de montaña donde no hay cobertura para celulares, por ejemplo. También tuvimos que vencer la desconfianza de los habitantes. Contamos con la colaboración de la Secretaría de Cultura de La Rioja, pero fue difícil pasar esa resistencia. Es gente de campo, de pueblo, muy sencilla. No entendían que hacíamos estos locos —comenta entre risas— filmando ahí. Hasta que se fueron convenciendo. Se engancharon mucho al enterarse que estábamos haciendo una miniserie sobre el Chacho. Empezaron a participar con cierto orgullo. Iban al rodaje a las 7 de la mañana y colaboraban un montón. El riesgo pasó por laburar en una región donde la infraestructura no está preparada para un trabajo de este tipo. Pero la peleamos y llegamos a buen término. Quedó un producto que nos gusta a nosotros y al público. 
—¿Desde qué perspectiva se aborda la figura de Peñaloza?
—Peñaloza tenía la particularidad de que, si bien se había transformado en un caudillo, no era un hombre de dinero como otros líderes provinciales. Vivía en un poblado humilde, en contacto con los gauchos. Abordamos la perspectiva del caudillo como protector de los pobres, de la gente de a pie. Cuando necesitaba ir a pelear, a defender a La Rioja o a su territorio, lo seguían porque creían en él. También rescatamos sus últimos años, cuando alcanzó proyección nacional. Empezó a manifestar peso político en la zona y por eso Mitre y Sarmiento querían eliminarlo. Fue el último bastión federal, resistiendo ese avance brutal de la “civilización”. A pesar de la derrota, porque era constantemente vencido dado que su ejército era muy humilde, volvía, se rearmaba y le ponía el pecho a ese avance.

Filmar la historia
—¿Te fue útil tu experiencia en producciones sobre la historia argentina?
—Una de las diferencias que encontramos esta vez, y que hace potente a la miniserie, radicó en desarrollar un personaje en cuatro capítulos. Eso no me pasó con otras series, donde cada episodio trataba una temática que empezaba y terminaba ahí. Una de las cosas que uno entiende es que un programa de TV no es un libro de historia. Tenés que proponer contenidos serios que estén documentados y poseer rigor histórico. Pero también apuntas a atrapar y entretener al espectador. Hay que lograr un equilibro. Y eso lo aprendimos con el tiempo: como nivelar el contenido sin llegar a una tesis doctoral. Estás haciendo divulgación histórica. Es un puntapié para que alguien vea el programa y después investigue por su cuenta. No podés contar toda la historia de un personaje. Haces una selección temporal en la que ponés tu punto de vista, el lugar desde el que contás. Incorporamos la idea según la cual los textos tienen que ser amenos al oído para ser llevados por la gente con cierta cadencia. Hay que atrapar al espectador, mantener el suspenso. Resumiendo, aprendimos a usar los recursos cinematográficos y televisivos aplicados a la historia.
—¿Qué factores se tienen en cuenta en la recreación histórica? 
—Primero se labura con documentación sobre cómo se vivía en la época o cómo era una casa de ese entonces. Si se trata de un protagonista, en particular del siglo XX, se recurre a registros fotográficos. Y también al testimonio de quienes puedan contar cómo era, de qué forma actuaba. Con Encuentro tenemos mucho asesoramiento. Laburamos con historiadores y sociólogos. Proponemos: “vamos a filmar esto de tal manera” y ellos nos dicen: “tengan en cuenta que ese fumaba y escribía con la derecha”, por ejemplo. A veces no llegamos a poner todo en pantalla. Pero son elementos que sirven para lograr una recreación lo más fiel posible. Como es muy difícil reconstituir un personaje con bajo presupuesto, se apela a una síntesis. Si vas a ambientar un lugar, buscás determinados elementos. Se usan técnicas cinematográficas que ayudan a resaltar lo que querés destacar. Si tenés que armar una sala de lectura donde ese tipo estudiaba, regenerás una parte a través de elementos que te sitúen temporalmente: una radio, pasando por una máquina de escribir o las biromes que usaba. Vas al detalle. Con más apoyo económico, amplias el plano.

Santa Fe, usina audiovisual
—Rebelión en los llanos es la tercera producción de Malchiko. ¿Qué balance hacés del crecimiento de la productora en este corto tiempo?
—El crecimiento fue muy rápido por haber llegado a hacer esta serie. Incluso Canal 7 la tomó para su pantalla. Para nosotros fue un espaldarazo muy grande. Esa evolución implicó mucho trabajo de nuestra parte para lograr un producto de calidad. En Canal Encuentro y la TV Pública hallamos un lugar donde desarrollar el tópico histórico, que es lo que nos atrapa. Esta es una etapa en la cual se valora ese tipo de realizaciones y en la que nuestros gustos encajan perfectamente con lo que están buscando editorialmente esos medios. No podríamos ser lo que somos sin el apoyo de un Estado que quiere generar contenidos educativos, contar nuestra propia historia y poner en valor a ciertos personajes. Tenemos proyectos privados, pero el gran empuje viene a través de armonizar nuestras pasiones con una política estatal.
—¿Cómo observas a Santa Fe desde el punto de vista de la generación de recursos humanos para la producción cinematográfica?
—Siempre hago la misma comparación: cuando me fui a estudiar a Buenos Aires en 1998 era muy difícil encontrar acá alguien que quiera acompañarte o que esté capacitado para filmar un cortometraje o una película. Y cuando volví en el 2010 me topé con otro mundo. De hecho pude armar equipos de rodaje completos con gente muy formada: directores de fotografía, editores, productores. La refundación del Instituto Superior de Cine y Artes Audiovisuales fue un gran aporte. Hoy puedo decir que toda la gente que labura conmigo es de Santa Fe. No necesito recurrir a Buenos Aires ni a Rosario. Nuestra ciudad es una generadora de recursos humanos para la actividad audiovisual. En las pantallas de los canales locales se ve un cierto crecimiento en el lenguaje, la calidad y la estética. Podemos discutir los contenidos, pero se empiezan a ver joyitas. Y eso significa que hay gente pensando y queriendo trabajar bien.

Publicada en Pausa #112, miércoles 24 de abril de 2013

sábado, 4 de mayo de 2013

El cementerio bajo el Salado

Edificación insignia del barrio Centenario, el estadio y las instalaciones de Colón sufrieron mucho en la inundación de 2003. Y luego recibieron una ayuda millonaria.

Por Gastón Chansard

Uno de los iconos visuales más importantes que dejó la inundación de 2003 en la ciudad de Santa Fe fue el del renovado estadio del Club Atlético Colón. El Brigadier López no había cumplido su segundo año luego de la reinauguración en agosto de 2001, los socios e hinchas sabaleros gozaban de la auténtica “joya” que dejaba el ex presidente José Vignatti. Esa obra histórica para el club y la ciudad quedó bajo agua en pocas horas, entre el martes 29 y el miércoles 30 de abril de 2003.
Desde los helicópteros, que por aquellos días fueron los pájaros que más sobrevolaron Santa Fe, los fotógrafos y camarógrafos capturaban las imágenes de un estadio inundado, que le servía a los medios de comunicación como retrato perfecto del infierno que vivía la ciudad. Los travesaños de los arcos servían como pluviómetro en el barrio Centenario, las plateas bajas ya no eran parte de la escenografía, el gimnasio Roque Otrino era una pileta cerrada que contenía a los vehículos del bingo de Colón y a pocos metros, en el sur, el barrio Fonavi aparecía con cada una de sus manzanas como pequeños fortines desbordados de agua y dolor.
Colón quedó bajo agua, literalmente sumergido. Al igual que miles y miles de vecinos santafesinos la entidad sabalera perdió documentación, fotos, toda la ropa del plantel, recuerdos y millones de pesos en daños materiales. A partir de los severos daños que sufrió la institución deportiva y ante la falta de respuestas gubernamentales, luego de un tiempo importante las autoridades de Colón amenazaron con llevar el caso a la cancha de la Justicia. Por aquellos días cuando el club rojinegro elevaba su voz, el ex presidente Horacio Darrás hablaba de una estrategia concensuada por la comisión directiva: “Hasta acá, como no podía ser de otra manera y sabedores de lo que sufrieron muchos santafesinos, la mayoría colonistas, fuimos totalmente respetuosos del sufrimiento primero y del reclamo de las personas por los daños en cada uno de sus hogares. Ahora, una vez que el Ente de la Reconstrucción comenzó a responder, creemos que es el tiempo de Colón. Porque todo el mundo sabe que quedamos abajo de las aguas y que incluso nuestra cancha actuó como dique, frenando en parte el embate del Salado”. La idea de judicializar el tema por parte de los directivos fue avalada por los socios mediante una asamblea extraordinaria.
El Cementerio de los Elefantes y las instalaciones del club quedaron destrozadas después del paso del Salado en la noche del 29 de abril.

De no recibir dinero por parte del gobierno de la Provincia, Colón estaba decidido a reclamar una indemnización. Ante la firme postura sabalera que se hacía escuchar a través de los medios de comunicación locales, Juan Carlos Forconi, por entonces titular del Ente, reaccionó y contestó: “El Estado Provincial sabe perfectamente que debe pagarle a Colón por los daños. Lo que no sabe es cuánto; por eso necesitamos un tiempo más, para que los peritos de la UTN puedan terminar el informe final”.
Sin llegar a jugar en el campo de la Justicia, como si fuese un regalo de navideño, en diciembre de 2005 la Provincia le pagó a Colón $3.054.000. Se le restaron $400.000 de anticipo que Colón cobró en un primer momento y se agregaron los valores de los coches estacionados en el Roque Otrino para el bingo de la entidad sabalera.
Colón, con fondos propios, se hizo cargo de forma rápida de la restauración de todos los deterioros materiales. Además, recibió una suma millonaria de dinero que no  percibió ninguna otra empresa, institución ni ciudadano.

El recuerdo de Morant
Hoy Pablo Morant es el DT de Colón, pero en aquel abril de 2003 el Flaco era parte del plantel profesional y uno de los referentes del grupo que dirigía Edgardo Bauza. El ex defensor vivía en Marcial Candioti al 3900 y se enteró esa mañana de la situación a través de un vecino. “Las primeras sensaciones que tuve cuando empecé a ver lo que estaba pasando eran de desolación e impotencia, porque ante ese avance del agua no podes hacer nada, y luego llegó ese sentimiento de tristeza al ver todo lo que la gente perdió, sobre todo por las vidas humanas”.
En el repaso de su memoria, Morant le dijo a Pausa que uno de los jugadores más afectados por la inundación fue Jorge Bontemps (falleció en 2010), “el Enano fue uno de los más involucrados y también recuerdo que la pasó muy mal Lucho Pérez, el utilero. Su casa había quedado bajo agua. Quizás me olvido de alguien más, pero ellos fueron los más perjudicados de manera directa en aquel grupo”.
A la hora de la solidaridad por parte del plantel sabalero, el Flaco manifestó que no estaba jugando, “creo que estaba lesionado, entonces yo me encargué de juntar dinero y diferentes cosas que eran útiles para la gente inundada y se los llevé a los chicos que estaban trabajando en la universidad; también fui con un colega tuyo (Mario Demonte) a recorrer las zonas damnificadas para acercarles otras provisiones que el plantel había juntado”.

En carne propia
Además del recuerdo de Morant sobre la inundación que afectó la vivienda de Bontemps y del utilero Pérez, también el defensor Ezequiel Marini y el arquero Diego Rivas padecieron la furia del Salado. En el plantel de Unión hubo dos jugadores anegados: Diego Olivera y Martín Valli. El primero vivía en uno de los edificios de calle Mendoza, entre Santiago de Chile y San José, mientras que el ex defensor de Unión y Nueva Chicago padeció la inundación en las casas de sus familiares directos y políticos, en Recreo. “Nunca antes viví una situación similar, de tanta angustia. Mis padres, mi hermana y mis suegros debieron salir del pueblo, que rápidamente se inundó, y sólo tuvieron tiempo para retirar algunas cosas. Las mujeres vinieron a mi casa (en Santa Fe), pero los hombres se quedaron a cuidar las viviendas de los saqueos”, declaraba Valli a los pocos días del desastre.

Solidaridad tatengue
Con respecto a la situación de Unión, el agua apenas afectó un mínima parte del club, que no tuvo los tremendos daños que sufrió Colón. A las pocas horas de aquel 29 de abril, el estadio cubierto Ángel Malvicino se convirtió en un importante centro de recepción de alimentos no perecederos del gobierno de la Nación.
Al igual que el plantel de Colón, los jugadores tatengues también dieron claras muestras de solidaridad y juntaron alimentos, colchones, ropa y todo aquello que fue importante para ayudar.

Hay que jugar
Más allá del agua, las muertes y los más de 100 mil inundados que sufrieron los santafesinos, la AFA dispuso que los equipos de nuestra ciudad no jueguen el fin de semana posterior al 29 de abril, pero que sí lo hagan el otro.
Fue así como Unión jugó como local ante River en la cancha de Patronato y Colón, en el mismo escenario, fue local durante el mes de mayo de Banfield y San Lorenzo. El sabalero recién pudo volver a jugar en su estadio en junio, cuando recibió a Gimnasia y le ganó 2 a 0 en el partido número 1.000 del Colón en Primera División.
En esa temporada 2002-2003 Unión descendió a la Primera B Nacional y Colón clasificó, por primera vez en su historia, a la Copa Sudamericana. Pero esa ya es otra historia.

Publicada en Pausa #112, miércoles 24 de abril de 2013

miércoles, 1 de mayo de 2013

El Quijote y las catástrofes políticas


Reflexiones sobre el valor de la lucha de los inundados.

Por Licenciado Ramiro

Hace unos días tuve la oportunidad (y el gusto) de compartir el aire de una radio con Héctor El Flaco Sanagustín, vecino inundado de barrio Roma en el 2003 y miembro de la Marcha de las Antorchas, que lucha día a día desde hace ya casi 10 años por que se haga justicia por las víctimas de la inundación y se castigue a sus responsables. Por supuesto que ante el testimonio de Héctor no hay más que hacer silencio, escuchar, estremecerse, reflexionar y admirar.
Su relato comenzó con las horas previas a la entrada del agua por Santa Rosa de Lima, con él como testigo de la sigilosa, lenta e incesante invasión del Salado a su casa. Salvó lo poco que pudo. Siguió por el recuerdo de sus primeros pasos en el reclamo de justicia y su llegada la Plaza de Mayo junto con el grupo del cual es referente. Esta lucha demoró en iniciarse ya que, como consecuencia del agua, Héctor fue postrado por una leptospirosis durante casi 45 días. Su primera salida luego del obligado reposo fue a la cancha de Colón. Luego, sí, siguieron las antorchas.
Una vez terminadas las anécdotas de los días bajo el agua, el Flaco reflexionó sobre las responsabilidades de los funcionarios que inauguraron un terraplén incompleto y que nunca terminaron y que, causalmente, fue por donde entró el Salado a la ciudad. Remarcó que además de las culpas de un grupo de individuos encabezados por Carlos Reutemann, Marcelo Álvarez y Juan Carlos Mercier, la inundación tiene sus orígenes en un modo de hacer política que caracterizó a la década del 90: desguace del Estado, privatización de sus empresas, neoliberalismo feroz y ausencia de políticas sociales y de obras públicas en beneficio de los ciudadanos más postergados. El ex gobernador y su ministro de hacienda son esa lógica hecha carne y es necesario no olvidarlo… y el Flaco y muchos otros luchadores, con su presencia, nos lo recuerdan.
Del párrafo anterior yo quisiera hacer sobresalir tres cuestiones. En primer lugar, que la inundación no fue la consecuencia del solo accionar corrupto de un par de tipos; sino que es lo que ocurre cuando hay todo un sistema político, social y económico destinado a ejecutar acciones que benefician los negocios del Estado con el sector privado y no se preocupan por el bienestar público. Es decir, cuando el Estado es corrupto y sus funcionarios también. Digo esto porque no hace falta un nombre propio en particular para que esto ocurra: es una lógica política lo que lo provoca, y en este caso, esa política se encarnó en Reutemann y Mercier, quienes no tienen argumento alguno para poder excusarse de su responsabilidad. En segundo lugar, al terraplén que quedo inconcluso en el noroeste de la ciudad, Reutemann y compañía lo construyó en el Poder Judicial: se aseguró el amparo de una justicia provincial que todavía hoy lo mantiene al resguardo de las denuncias en su contra. Y, en tercer lugar, ya es hora (y más aún luego de todo lo que se supo del accionar humano en esta inundación) de dejar de llamar catástrofe natural a una inundación cuyas consecuencias se podrían haber minimizado e, incluso, tal vez evitado (al menos las muertes y la cantidad de evacuados y pérdidas materiales). Llamar a lo sucedido catástrofe natural o “tragedia” también es lo que los responsables políticos de una ciudad bajo agua quieren imponer: si es natural, la culpa la tiene “dios”; si es una tragedia, entonces fue inevitable. Ya está comprobado que es falso e injusto seguir insistiendo en estos modos de denominar una inundación provocada por la corrupción estatal.

Al fondo, el Flaco con el gorro de Colón, en una de las Marchas de las Antorchas

“¿Y hoy qué te moviliza a seguir luchando, Flaco?”, le preguntan los conductores del programa. Él responde que en un principio quería ver presos a todos los responsables de la catástrofe. Pero señaló que se encargaron muy bien de armar una justicia cómplice que les garantice impunidad (“Y la impunidad cansa”) y por ello hoy desea que llegue el día que escuche que estos corruptos sean castigados con una inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Ni más ni menos. “Je, a veces mis amigos me dicen Quijote, porque de 100.000 evacuados a veces somos cuatro o cinco los que seguimos en la plaza”, remarca Héctor. Estos cuatro o cinco Quijotes tienen una cruzada contra molinos de corrupción, desgaste, resignación… Quijotes que nos han enseñado que el tiempo no acaba las batallas: las acaba el abandono, cosa que estos Quijotes, con extrema valentía e infinitos argumentos se niegan a aceptar… Y a pesar de que, en ocasiones, como contó en su relato el Hidalgo Don Héctor de barrio Roma, se sienta el agotamiento de espadazos contra las astas violentas de aquellos monstruos de madera y cemento, su lucha se siente, se vive, se multiplica en cientos de miles de santafesinos y santafesinas que, por ellos en la calle, tienen siempre presente que, hace 10 años, esos molinos infames fueron de agua y no de viento... Y que tienen haciéndoles frente a los Quijotes y muchísimos Sanchos convencidos y conmovidos por la justicia de sus batallas, defendiendo a conciencia el espíritu que estos caballeros han instalado en sus espaderos, nosotros, sus vecinos.

Publicado en Pausa #112, a la venta en los kioscos de Santa Fe y Santo Tomé.

Crónica del horror y el abandono


De la licitación de la Circunvalación Oeste a las demoras en los barrios para inundados, el paso a paso de las razones, los errores, las indiferencias y las negligencias en la catástrofe.

Por Juan Pascual

Hay ciclos de sequía de 10 años y ciclos de lluvia de 10 años. En 2003 culminaba uno húmedo: casi dos años antes se había creado un Comité de Emergencia Hídrica, que seguía el proceso de crecientes precipitaciones en la provincia, cuyo máximo arrancó por noviembre de 2002. En su mesa se sentaban, entre otros, el ministro de Obras Públicas Edgardo Berli, el director de Hidráulica Ricardo Fratti, el director de Vialidad José D’Ambrosio y la secretaria de Promoción Comunitaria, Adriana Cavutto. Ese Comité recibió a las 11.30 del 29 de abril un mapa realizado por personal técnico de Hidráulica con el trazado casi perfecto de hasta dónde llegaría el río Salado en su paso por Santa Fe. El primer muerto registrado oficialmente por causa de la inundación es hallado a las 21.00 del 29 de abril, en el Parque Garay.
Entre las 12.00 y las 21.00 hay una diferencia de nueve horas y 158 muertos.

Te dicen que llueve
Las notas en la prensa repetían la palabra “lluvia” casi todas las semanas a partir de enero de 2003. En Villa Minetti, donde el Salado entra en Santa Fe desde Santiago del Estero, habían caído 750 milímetros entre noviembre de 2002 y enero de 2003: equivale a la lluvia de todo un año. Al 10 de febrero eran de 184 milímetros las lluvias en Santa Fe, casi el doble de la media del mes. Los barrios Alfonso, Cabal, Chalet, San Lorenzo, El Arenal y Nueva Pompeya, inundados. El 10 de marzo la defensa sufrió un socavón –que fue arreglado– a causa del primer pico de creciente del Salado. Ese mismo día, el río entró por primera vez a través de un paso de 15 metros entre el final abrupto de la defensa oeste y el Hipódromo. Una lengua avanzó un centenar de metros. Más de la mitad de los hoyos del golf del Jockey Club se anegaron. Vialidad Provincial construyó una pequeña defensa para desviar el agua: un organismo del Estado tenía conocimiento práctico y reciente de cuál era la puerta al Salado.
Al 13 de marzo, en San Agustín II, Las Lomas, Cabal y La Tablada, las casas tenían un metro hundido en el agua de la lluvia. Comenzaron las evacuaciones. Al mismo tiempo, en la Legislatura, el senador Alfredo Esquivel solicitaba al Ministerio de Obras Públicas datos sobre la defensa oeste, las medidas ejecutadas para evitar su colapso y las previstas para los habitantes que vivían cerca del talud.
El 24 de abril, El Litoral tituló con sencillez que “Media provincia está bajo agua”. Las lluvias llegarían a los 300 milímetros en apenas un día en varias localidades al norte (cercano) de nuestra ciudad. La marea del segundo pico se preparaba, su onda llegó a Santa Fe el 27 de abril y alcanzó su tope el 30.

Menem presidente
La defensa más que una defensa era una ruta: se llamaba Circunvalación Oeste. Su proyecto y ejecución estuvo bajo la órbita de Vialidad Provincial. Comprendía tres tramos. Contra los rudimentos de la hidrología, la obra –licitada durante el primer gobierno de Carlos Reutemann el 12 de mayo 1994, en favor de Victorio Américo Gualtieri, el constructor emblema del duhaldismo– se levantó de sur a norte, a contrapelo de la pendiente del Salado. Su inauguración fue el 8 de agosto de 1997: en la foto cortaron la cinta el gobernador Jorge Obeid, el senador Reutemann, el diputado Julio Gutiérrez, Gualtieri el constructor, el sempiterno ex ministro de Hacienda de la dictadura y, en ese entonces, diputado provincial Juan Carlos Mercier, el intendente Horacio Rosatti, el diputado Oscar Lamberto.
Con esa obra, junto al terraplén de la avenida Mar Argentino, se convirtió a la ciudad en un recipiente gigantesco. El río jamás superó la altura de esa defensa, que embalsó el agua y que llevó a que el 30 de abril hubiera una diferencia de 2.50 metros. Era más alto el Salado adentro que afuera de la ciudad, por eso el agua comenzó a escurrir recién el 30, con las tardías explosiones en esos taludes.
El tramo III estaba planificado, pero nunca se hizo. Iba hasta calle Estado de Israel, al norte del Hipódromo, donde la cota natural impedía el ingreso del río. El tramo II terminaba en una pared, a 15 metros del Hipódromo. En el proyecto se aclaraba que, en caso de emergencia, era necesario hacer un cierre provisorio desde el fin del tramo II hasta Blas Parera. Nunca se hizo, pese a los avisos de la prensa y al ingreso de agua el 10 de marzo.
La trampa costó $24.715.351 de la época. Según la licitación debía costar $17.579.807; Gualtieri fue extendiendo contratos y realizando ajustes que produjeron la diferencia. El tramo III estaba tasado en $781.869: apenas el 3,16% del costo total pagado. Ese tramo se podría haber construido provisoriamente en 37 días. Un cierre hasta Blas Parera, siguiendo por Gorostiaga, se hubiera concretado en 20. Ese cierre había probado su eficacia en abril de 1998, cuando hubo otra creciente del Salado y el agua no entró a la ciudad. Pasaron casi 50 días entre el primer pico y el segundo, que arrasó la ciudad.
Mientras tanto, el 19 de abril el gobernador Carlos Reutemann se sacaba una foto con Carlos Menem, candidato a presidente, ganador en la primera vuelta de las elecciones que se realizarían el 27 de abril. La provincia, el país, la ciudad vivían en el páramo post 2001: el 31 de enero de 2003 el Indec había informado que el 63,7% de los santafesinos era pobre y el 33,8%, indigente. La mayoría de esas personas vivía en barrios que ya estaban tapados por las lluvias o que luego se inundarían por el Salado. El 27 de abril, la televisión local mostró cómo eran llevados a votar montados en palas mecánicas y camiones: no podían llegar a las escuelas. El 28 de abril la Secretaría Electoral de la Nación recibió las urnas, trasladadas por el Ejército. Todas las correspondientes al norte de la ciudad y la provincia, siguiendo el valle del Salado, llegaban dentro de bolsas plásticas con trazas de barro seco.
Un día antes de la votación, Reutemann declaró ante Cable & Diario que los barrios del oeste de la ciudad –los enumeró– iban a tener serios problemas con la creciente. Después, olvidó lo que sabía.

La furia
El río Salado ingresó el 28 de abril. Siguió su derrotero natural, buscando las zonas bajas, ya que el terraplén terminaba en una pared trapezoidal. Entró por calle Gorostiaga y avanzó hacia el sur, fluyendo por los cortes del viejo terraplén Irigoyen, del terraplén de las vías que van a la Estación Mitre y de los canales que atraviesan el acceso a la autopista, sobre Iturraspe. Es lógico: los barrios buscan interconectarse a medida que crecen, empujados hacia lo bajo por los precios de la vivienda en lo alto.
La autopista era otro embalse: tenía un puente que cruzaba el Salado de apenas 155 metros. El valle allí alcanza los 2000: tal era el ancho del frente de agua en 2003, pugnando por fluir a través de esa pequeña luz. En 1998, la concesionaria (Aufe) había pedido un estudio sobre ese puente al Instituto Nacional del Agua, que recomendó una ampliación a 400 metros. La obra no se hizo. El desnivel en el pico de la crecida fue de casi un metro al norte del puente respecto del sur del puente. Así, la ciudad tenía más caudal para devorarse por la boca de Gorostiaga, 2400 metros al norte.
El avance del río cubrió los barrios del centro oeste, hasta Villa Oculta y Barranquitas. Desde las vecinales pedían que no se mandaran bolsas de arena, sino lanchas. A las 16.20, el ministro Berli le comunicaba a LT10 que estaban intentando un cerramiento de la defensa, pero que si no se lograba “había tiempo suficiente para organizar una evacuación tranquila”. El caudal del río arrastraba los gaviones de piedra que se tiraban. El cerramiento se abandonó; la evacuación ni se hizo. El torrente iba horadando la punta del tramo II.
En la mañana del 29 de abril, el intendente Marcelo Álvarez se apersonó en LT10 para narrar las acciones del Estado sobre lo que ya era una catástrofe. Primero dijo que los barrios del centro oeste ya no se podían salvar y recomendó la autoevacuación, no sin antes afirmar que el 90% de los habitantes no debía preocuparse porque la Municipalidad iba a disponer camiones y todas las unidades del transporte público para la evacuación de mujeres y niños. Eso nunca sucedió. A las 8.00, el periodista Juan Trento, desde su móvil, vio cómo el paso del río terminó de desgastar la débil punta de mampostería del terraplén, para llevarse trozos completos de la defensa. “Lo que ingresa a la ciudad es un verdadero mar. Es una catarata que trae una cantidad de agua imposible” relató a la audiencia y al intendente sentado en el estudio. La brecha de 15 metros aumentó, de golpe, a 200. El río era un aluvión, llegando a un caudal de entre 3500 y 4000 m3 por segundo: por segundo, el Salado llenaba un espacio de 4 metros de profundidad, 50 metros de largo y 20 metros de ancho. El intendente acababa de decir que “Al vecino que habla de la zona sur: le digo que no tenemos problemas en la casabomba 1. Todo el barrio Centenario, la villa del Centenario, Chalet, San Lorenzo, El Arenal, no va tener ningún tipo de inconveniente. El suroeste de la ciudad no va a tener problemas”. Quienes lo escucharon, se quedaron tranquilos. La mayor cantidad de muertos reconocidos oficialmente –23 en total, la mayoría ahogados– murió en esos barrios: el río los tomó por sorpresa en la noche del 29. También de allí son la mayoría de las 158 víctimas que relevó la Casa de Derechos Humanos. El 15 de mayo se halló el cuerpo del último muerto reconocido por el Estado, Juan Domingo Martínez. No se implementó ni antes, ni durante, ni después, ningún tipo de protocolo de relevamiento de víctimas: fue necesaria la inmediata intervención y experiencia de los organismos de derechos humanos en esa tarea.
Cerca de las 15.00 del 29, el agua llegó al Hospital de Niños. Habían pasado tres horas desde que el Comité de Emergencia conociera el pronóstico de la zona total a inundarse. Los santafesinos se habían convocado para defender el Hospital con bolsas de arena: cerca de las 11.00, su responsable se había comunicado con Fratti, quien recomendó la construcción de un perímetro de defensa. La improvisada muralla tendría que haber alcanzado los 2.50 metros para salvar al nosocomio.
Entre los que huían por su vida y aquellos que hombreaban bolsas, envuelto en un grueso y elegante sobretodo marrón, Reutemann se mostró en el lugar, atiborrado de cámaras. Los vecinos le gritaron “Hay gente que se está muriendo en Santa Rosa de Lima arriba de las casas” y lo embadurnaron de puteadas.

Reutemann en el Hospital de Niños. Foto: José Almeida.

Por la noche del 29, la ciudad no durmió. Algunos morían, otros seguían escapando, otros circulaban por las avenidas dentro del cuerpo de una serpiente de faros prendidos en una ciudad sin luz, llevando canoas, piraguas y lanchas para el rescate.
El 30 de abril el agua fue de sur a norte. Toda certeza, derrumbada; lo real convertía a nuestra ciudad en un delirio. Taponado por la Circunvalación y la Mar Argentino, el río subió al parque del Sur y llegó casi hasta el puerto. Recién por la tarde, Reutemann autorizó las voladuras que rompieron el embalse. Como en otras ocasiones, recibió “amenazas” de quién sabe quién y, en ello, justificó la demora en al menos un día para practicar esa solución de emergencia.
Lo que sí se hizo de manera expeditiva fue aplicar la ley de Seguridad Interior: el 1º de mayo a las 20.00 la ciudad se encontraba legalmente militarizada. Las noches serían dominadas por el sonido de los helicópteros armados, con sus haces de luz pintando las casas y el miedo. Los días, por el zumbido de las hélices y los rostros de los desamparados que deambulaban por avenidas, cercanías de los campos de refugiados y el Rectorado de la UNL, donde se exhibían padrones que se confeccionaban a destajo en ATE: las listas de desencontrados, el eufemismo para no decir desaparecidos. Las familias se habían roto en la huída, no había un organismo oficial que centralizara los censos en los centros de evacuados y autoevacuados, la angustia era una sustancia sólida en la atmósfera de la calle.
Dos conferencias de prensa se sucedieron: primero Reutemann montó un escenario donde, fibrón en mano, hacía trazados sobre afiches blancos. Lo único relevante de fueron dos infantiles declaraciones: “Yo no sabía” y “A mí nadie me avisó”. Al otro día, el 4 de mayo, el rector de la UNL, Mario Barletta, convocó a los periodistas para mostrar cómo la universidad había producido estudios para Vialidad de la Provincia en los que se advertía sobre la posibilidad de un escenario como el que estaba viviendo Santa Fe. Justamente por existir un contrato con el Estado provincial, la universidad negó la presentación de esa documentación en sede judicial. Finalmente, Reutemann negoció una tregua con los medios y el resto del arco político. El espacio público se aplacó en nombre de una supuesta necesidad superior de volver a la normalidad. La tregua continúa: ninguna fuerza partidaria de la provincia ha movido un dedo en pos de sanción judicial alguna.

Refugiados
El éxodo fundió al este y el oeste. La máxima población desplazada fue de 139.886 personas, o 36.886 hogares, o un 28.6% de la ciudad. Los que podían, iban a una casa seca u ocupaban espacios por su cuenta. Esos eran los autoevacuados, no recibieron atención oficial. Los que no podían, porque no conocían a nadie en una casa seca, se quedaron en los techos o terminaron en los campos de refugiados donde –mal y tarde– el Estado era el responsable de proveer la alimentación (generalmente incomible), la coordinación y el cuidado (que recayó en las organizaciones de la sociedad civil y los voluntarios). Al 6 de mayo, el Ministerio de Salud de la Nación computó el máximo de campos de refugiados abiertos: 475 lugares atiborrados de inundados. Sumaban 75 mil personas. Cepal calculó un total de 126 mil raciones repartidas entre el 28 de abril y fines de julio. Por unidad, cada ración tuvo un precio promedio de $4.60. Si la inflación entre 2003 y 2013 fue del 400%, siendo benignos, cada ración de esa escasa mugre con la que se quería alimentar a los evacuados valdría hoy $18.40. La mayor cantidad de los campos se estableció en las escuelas: 140 habían sido inundadas (el 55% de los establecimientos de la  ciudad) y 110 recibieron inundados. Por destrucción o por asistencia, todo el sistema educativo local estuvo a los pies del Salado.
Entre el 11 y 14 de junio la Defensoría del Pueblo de Santa Fe relevó siete campos de refugiados. Tres de esos lugares eran los más abyectos –La Florida, la Belgrano y el Predio Ferial–; en los tres siempre operó el Estado como principal organizador, en lugar de tener la sociedad civil la coordinación. Las conclusiones fueron elevadas al ministro de Gobierno Carlos Carranza. En ellas se señala la falta de colchones y frazadas, la ausencia de responsables estatales identificables, las deficientes estructuras sanitarias y la grave exposición general al frío. En algunos campos, “la luz central permanece encendida durante todo el día, provocando trastornos en el sueño de los niños” y la asistencia psicológica estaba suspendida.
Aquellos que volvían a su casas recibieron un mínimo kit de limpieza. Para las reparaciones, se destinó un resarcimiento de $1200.
El 2 de julio se reanudaría el ciclo lectivo, dentro de la política unificada del gobierno de sostener la “vuelta a la normalidad”. Eso no quería decir que no hubieran más refugiados: para el fondo del lecho del abandono, unos 700, se levantaron campamentos de carpas traídas desde Italia en La Tablada, cerca del Mercado de Abasto, y en La Florida, cerca del Hospital de Niños. La importación de tecnología de outdoors no significó mucho. Con la primera lluvia, esos campamentos se volvieron a inundar. En La Tablada murieron dos personas: Axel Gabriel Leguiza, de asfixia, el 15 de junio, y un bebé sin nombre por demoras en la atención del parto, el 21 de julio. Todavía, en ese entonces, había 2.200 evacuados repartidos en 31 centros. La Tablada y La Florida continuarían casi por un año.

La chiquita indecente
La prensa de Buenos Aires acudió rauda. Los envíos de mercadería se contaron por miles de toneladas. En el medio de la conmovedora demostración nacional de solidaridad, el 15 de mayo renunció la responsable de (no) coordinar las evacuaciones y los campos de refugiados, la secretaria de Promoción Comunitaria Adriana Cavutto. La razón: “acopio indebido de donaciones” de los empleados de su Secretaría, constatadas por allanamientos y detenciones (como la de la coordinadora de Unidad Alimentaria, Sonia Aguirre, encargada de los depósitos de elementos para los inundados), dictadas por el juez Diego de la Torre a partir de denuncias hechas por vecinos que veían cómo se iban para cualquier lado las donaciones del principal centro oficial de acopio, el Batallón GADA, en Guadalupe.
Cepal estimó los daños totales en 233 millones de pesos y calculó que la reconstrucción demandaría 393 millones. La Nación destinó 500 millones a tales fines. Gran parte de esos fondos fueron dirigidos a 234 localidades de la provincia que no sufrieron absolutamente nada por el Salado, como Murphy, Maggiolo o Hugues, en la punta sur de la bota. También, con ese dinero se financió la construcción de las nuevas avenidas 27 de febrero (que apenas un día tuvo una cantidad de agua similar a la que resiste cualquier calle cuando llueve fuerte) y Alem (que nunca estuvo bajo agua).
Una inconclusa obra vial para el transporte de cargas abre esta impudicia. Una obra vial para el transporte de cargas la cierra. Cinco años después, en 2008, los barrios que se iban a construir para los inundados que no tenían adónde volver todavía no estaban, ni remotamente, terminados.

Publicado en Pausa #112, a la venta en los kioscos de Santa Fe y Santo Tomé.